martes, 7 de septiembre de 2010

Ninguna casualidad

Ninguna casualidad

 Por Mariana Carbajal
Cierro los ojos y recuerdo con nitidez la cabeza rasurada de Ivana Rosales, zurcida por cirujanos, marcada por múltiples cicatrices. Tenía 28 años cuando su esposo intentó matarla dos veces consecutivas en menos de una hora. Primero ahorcándola con un alambre y, después, golpeándola salvajemente con una piedra hasta desfigurarle la cara y provocarle múltiples fracturas. Milagrosamente, Ivana sobrevivió. Me enteré de su dramática historia a través de la colectiva feminista La Revuelta, de Neuquén, que la acompañó en el juicio contra el agresor y me enviaron sus fotos con las huellas del horror. El fallo que pretendió llevar justicia llegó cargado de sexismo y discriminación a la víctima. El 11 de julio de 2003 la Cámara II en lo Criminal de Neuquén halló culpable al esposo de Ivana, Mario Garoglio, por “intento de homicidio agravado”, pero lo condenó a apenas cinco años de prisión, menos de la mitad del máximo previsto para ese delito, porque consideró que hubo “atenuantes” que justificaron su conducta: es que poco antes de golpear a su esposa hasta dejarla al borde de la muerte, Garoglio se había enterado de que ella lo iba a dejar porque tenía una relación con otro hombre, es decir, lo justificaron porque le había sido infiel.
El machismo que atraviesa a la sociedad se replica en la mirada con la que muchos magistrados y magistradas y otros funcionarios del Poder Judicial enfrentan expedientes. Como hicieron los integrantes de la Cámara Segunda en lo Criminal de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, provincia de Chaco, que el 31 de agosto de 2004 absolvieron a tres jóvenes “criollos” que habían violado a L. N. P., una adolescente toba de 15 años, en un pueblito de El Impenetrable: la sentencia está plagada de conceptos sexistas. En el juicio quedó probado el acceso carnal por la fuerza, pero los jueces consideraron que “no se debe confundir la violación con la violencia propia de un acto sexual”. Los atropellos a los derechos de L. N. P. fueron denunciados ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU, donde la Argentina todavía enfrenta una demanda. Frente a fallos como el del tribunal neuquino o el chaqueño –apenas dos muestras entre tantas que quedan invisibilizadas en los medios– se reafirma la necesidad imperiosa de permear de perspectiva de género al Poder Judicial. A veces la discriminación hacia las mujeres víctimas de delitos sexuales o violencia de género es sutil, a veces ostensible.
La iniciativa de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema es ambiciosa. Se propone promover un cambio cultural en los estrados judiciales, que se derrame hacia el resto de la sociedad, en cumplimiento de tratados internacionales incorporados a la Constitución. El proyecto es promovido por una mujer, feminista y atea militante: Carmen Argibay. No es casualidad.

lunes, 23 de agosto de 2010

SOBRE EL FEMINICIDIO Y EL MONOPOLIO DEL USO LEGITIMO DE LA VIOLENCIA

UNA NOTA SOBRE EL FEMINICIDIO

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SOBRE EL FEMINICIDIO Y EL MONOPOLIO DEL USO LEGITIMO DE LA VIOLENCIA

Publicado originalmente en: Revista Brujula. Asociacion de Graduados
de la Universidad Catolica. Lima: año 7, número 20 (junio de 2010).


Jaris Mujica


Elena se casó con un hombre con el que había convido por dos años. Tenía una niña pequeña con él. Elena era agredida cada cierto tiempo por su esposo. A veces le golpeaba el rostro, le amorataba las mejillas y le quebraba los labios. Otras veces le daba de puntapiés en las piernas, la abofeteaba o la golpeaba contra un muro hasta que su cabeza sangrara. Elena nunca denunció nada, ella siempre justificaba los golpes, los insultos, la humillación. Todos los vecinos oían sus gritos cuando la golpeaban con los puños, con una vara de acero o de madera, con la correa o con los zapatos. Ninguno dijo nada nunca. Para ellos era un asunto de la pareja: “esas cosas se arreglan en casa”.

* * *


El Estado no tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia. En realidad nunca lo tuvo. Y esto porque la legitimidad es un concepto que sobrepasa la formalidad de las leyes establecidas. La legitimidad del ejercicio de la violencia o de otros actos se dispone, en la vida cotidiana, en la aceptación de determinadas prácticas por las comunidades humanas. Por ello hay momentos en el que los juegos de legitimidades se muestran en tensión, se evidencia la discontinuidad de aquellas que están determinadas por las leyes, y aquellas que funcionan como dispositivos de la cotidianidad.

El fenómeno de la violencia entre las parejas es un tema que se liga a aquel asunto. Y es que entre las parejas heterosexuales en los espacios urbanos (aunque también y de sobremanera en los espacios rurales) las formas de la violencia son en muchos casos prácticas cotidianas. Es fácil indicar que estos casos no son pocos, y que ocurren en el seno de las familias como prácticas habituales (habitus) que forman estructuras de relaciones que legitiman en los imaginarios locales las formas del ejercicio de la violencia; sustancialmente de los varones a sus parejas mujeres (“amantes”, “enamoradas”, novias, convivientes, esposas).

Pero el tema es que el ejercicio de la violencia en este campo excede los dispositivos de la dominación masculina, las formas de control local, y operan también dentro de un contexto político. La pregunta es entonces ¿cuál es el significante político del ejercicio de la violencia entre las parejas? Para entender el contexto de esta pregunta es necesario atravesar una ruta más larga. Por ello, expondremos los modos de ejercicio de la violencia entre parejas para deconstruir técnicas de violencia y entenderlas como un modo de comunicarse (Mujica 2006). Bajo dicha disposición teórica, podremos entender la violencia como un lenguaje (Ídem) y preguntar qué es lo que este indica. En ese punto mostraremos cómo es que estos ejercicios de la violencia y el lenguaje se ponen en práctica en campos particulares, “zonas liberadas”, “campos de excepción” (Agamben: 2000) en los espacios locales y dentro de los que se fundan otras legitimidades. A su vez, esto permite mostrar que las parejas fundan una suerte de contrato social, que en analogía a la idea de Hobbes, significan una sesión del derecho de la violencia exclusiva y legítima al varón que distribuye ahora su uso, para castigar, reprimir, ordenar las prácticas locales en un ejercicio micropolítico. En ese mismo ejercicio se muestra una grieta del Estado, que ve espacios en donde la violencia se utiliza con la anuencia de los propios actores, como elemento “normal”, legitimado por los múltiples acuerdos sociales que existen en la vida cotidiana.


1. La violencia contra las mujeres como práctica cotidiana

“En uno de los informes elaborados para CLADEM, se da cuenta como entre enero del 2004 y julio del 2007, se han asesinado a 403 mujeres en el Perú, siendo el promedio de más de 9 mujeres cada mes. En estos casos, el 34% de agresores señaló que cometió el crimen por celos o como consecuencia de una supuesta infidelidad por parte de la víctima”

En la misma línea, un estudio de la OMS sobre la violencia de pareja y la salud de las mujeres indica que en Lima:

"una de cada dos mujeres ha sido víctima de violencia a lo largo de su vida: 48% recibieron alguna vez maltrato físico y 22.5% maltrato sexual. En Lima, el 45.8% de las mujeres han salido lesionadas (ya sea con rasguños, cortes y mordeduras hasta llegar, en el peor de los casos, a roturas de tímpano y heridas en los ojos), el 16.4% han sido forzadas a tener relaciones sexuales y el 14.8% recibieron violencia física durante el embarazo (lo cual incluye golpes y patadas en el abdomen).

En efecto, la violencia contra las mujeres y en particular, la violencia contra las parejas resulta un tema importante en América Latina. Empero los estudios sobre el tema no abundan y las argumentaciones van sustancialmente a la figura del machismo y la dominación de género como una explicación de los móviles de esta conducta. Un informe de Miguel Rodríguez del año 2005:

“[indica que en los] casos de feminicidio íntimo el afán de poder se manifiesta en que el móvil han sido los constantes problemas conyugales, celos por la creencia o constatación de que la víctima mantenía relaciones con otro hombre, rechazo al pedido de establecer o mantener una relación, la humillación, desprecio o indiferencia sufrida por el victimario por parte de su pareja. En base a estas razones, los inculpados alegan como defensa la emoción violenta, momentos de descontrol o figuras análogas”. (Rodríguez 2005: 10)

Estos homicidios y agresiones se producen sustancialmente en campos locales, el espacio de la casa. Los agresores tienden a ser los propios esposos o convivientes; a veces maridos celosos, en otros casos hombres que golpean “sin razón aparente”, aunque lo que queda claro es que “en su mayoría (56%) el agresor, sea este esposo o conviviente, comparte el hogar con su víctima.” (Rodriguez 2005: 4). Queda claro entonces que se trata de un modo de la violencia que se pone en práctica en el seno de la vida doméstica, dentro de las relaciones de pareja. Así, la correlación con las lógicas de homicidio es clara: “el mayor número de mujeres fue asesinada en su propia casa, 42%”. (Rodriguez 2005: 4).

Pero el homicidio -y el feminicidio en particular- es el último campo de un fenómeno más complejo. El ejercicio del asesinato no está separado de un sistema de violencia constante. De este modo, al menos el “30% de las mujeres asesinadas en manos de sus parejas o ex parejas sentimentales, era maltratada física o psicológicamente por quieres luego se convirtieron en sus asesinos” (Rodríguez 2005: 4). Asimismo, esta forma del ejercido de la violencia hacia las parejas no está separada de la estructura que ordena las prácticas de la violencia contra las hijas o contra las mujeres en general. La pregunta es ¿Cómo se dispone esta estructura?, ¿qué permite el ejercicio de la violencia? Evidentemente la idea de la dominación masculina ha sido una de las vías de comprensión más recurrentes. En efecto, la idea del machismo como imposición del mandato de poder resulta coherente. Y sin suspender esta posición, es importante entender la configuración de una infraestructura política mayor, que demarca el soporte de las acciones y que, a su vez, resulta una afrenta al Estado y sus leyes.

Cada uno de los usos de la violencia entre las parejas resulta un modo de ejercicio del poder y a su vez un lenguaje complejo que permite deconstruir sistemas de interacción. La idea es que el homicidio y la violencia no significan una ruptura de la significación, sino más bien un continuum radical de la estructura. En este sentido, cada forma de la violencia y la técnica empleada son formas del lenguaje sobre el cual se pueden construir gramáticas. El homicidio, en este sentido, “es un lenguaje tan radical, que su mera enunciación implica el exterminio de uno de los interlocutores” (ver el argumento completo en Mujica 2006).

Las modalidades de la violencia frente a las parejas mujeres se refiere sustancialmente al uso de los golpes, cortes y patadas. Los homicidios son realizados sobre todo por la exacerbación de los golpes, ahorcamiento o el uso de una daga o cuchillo; aunque en algunos casos las armas de fuego son utilizadas también (ver: Villanueva 2009: 58 ). El caso de la Giovanna Huamán ilustra estas escenas. Ella, una mujer de 25 años

“fue agredida con un palo de escoba, el pico de una botella y la cacha de una pistola por su conviviente, (…). La agresión se produjo luego de haber salido de una fiesta (…) en Barrios Altos. La mujer no imaginó que al retirarse del evento (…), terminaría ensangrentada por una rotura en la cabeza y cortes en los brazos, además de quedar casi inconsciente, por lo que fue trasladada al hospital Dos de Mayo. (…) El agresor le reclamaba un supuesto coqueteo con un asistente a la fiesta”.

El espacio local constituye un campo de control. Salir de dicho espacio implica simbólicamente un “riesgo” para la pareja: se pone en “riesgo” la integridad física y simbólica de la mujer y se pone en “riesgo” la autoridad masculina, su posibilidad de control, regulación y mando. Los celos no significan solamente la posibilidad de terminar una relación intima, sino que son síntoma de la sospecha de cuestionamiento de la autoridad micropolítica y de las posibilidades de ejercicio de poder del varón. Las técnicas utilizadas en estos campos no tienen un control refinado del uso de la violencia o del dolor, sino más bien se asemejan a la estructura del suplicio o de la tortura del cuerpo del periodo clásico (Foucault 1979). Sin embargo, sí existen elementos recurrentes. Veamos brevemente dos de estos modos (aunque no se trata de los únicos): el castigo a través de golpes y cortes sistemáticos, y el homicidio.

En el caso del castigo, muchas veces los golpes y cortes se producen inicialmente en las piernas, como posibilidad de “movilización”. Parecería que el significante se refiere a una orden de permanencia dentro de la casa, un mandato de inamovilidad. Posteriormente, estos golpes y cortes se practican sobre campos visibles del cuerpo: el rostro y los brazos. Su carácter público implicaría, en este caso, un significante más abierto: por un lado el mandato de no salir públicamente para no publicar la vergüenza del castigo (que simbolizaría una mala acción de la mujer). Por otro lado, el significante indica justamente que se expone públicamente el castigo, mostrar a todos esta afrenta y la capacidad puesta en práctica del control de la pareja, la demostración de contrato y de las consecuencias de la violación del mismo. Elsa Mamani, presidenta de la CODECC, señala:

"Recuerdo a una muchacha que fue masacrada por su pareja. Éste, después de pegarle en su casa, la bajó arrastrando de los pelos por las escaleras ante la vista de todos sus vecinos y nadie hizo nada. Grada por grada la pobre mujer se golpeaba la cara, el cuerpo”.

Se trata del suplicio público, que no es solamente significante de la irracionalidad patológica, “pasional”, sino de un modo de control del cuerpo de la mujer. Significante micropolítico de sus posibilidades de ejercicio de poder, de control y del mantenimiento de un contrato.

Estas técnicas, que no están separadas del sistema de ejercicio de la violencia en la vida cotidiana, tienen un polo radical: el homicidio. Este no puede leerse solo como mero machismo, sino como el suplicio radical que se utiliza también como una restitución del acuerdo social o para vengar su ruptura (o la sospecha de la ruptura).

“Preso de sus celos enfermizos, un ex presidiario asesinó a su ex mujer al atacarla con un filudo cuchillo de cocina y cortarle la yugular, intentando luego suicidarse ingiriendo veneno para ratas. (…) Antonio Benigno Gómez no soportó encontrar a su ex conviviente Sonia Irma Nolverto Soto, tomando un caldo de gallina con un amigo en el mercado El Metrito (…). Doralisa Silva Gonzales, amiga de Sonia Nolverto y testigo de los hechos, dijo que el asesino golpeó a su víctima y a empujones la metió en su cuarto porque estaba tomando caldo de gallina con un amigo. “Después no escuchamos nada y cuando entramos a ver a mi amiga Sonia, la encontramos muerta con el cuello cortado, y él tirado en el piso botando espuma por la boca (…)””.

Una vez más, el tema de los celos no implica solamente un “arranque” irracional patológico, sino que muestra el significante del control. Cuando el esposo, enamorado o novio entra en un “arranque de celos”, implica también que ve desprotegido el contrato que se ha establecido con su pareja y desprotegido su campo de acción micropolítico.

“Ofuscado por los celos, un sujeto clavó cinco puñaladas a su esposa (…) en su vivienda del distrito de El Tambo, en Huancayo. (…) En el interior de la casa los agentes hallaron el televisor encendido a alto volumen y el cuerpo de Priscilla Cinthia Bacilio Rodenas (23).

Muchos de estos homicidios se producen con cortes en el cuello, pero también, como indica la policía, en el vientre, senos, pubis y piernas. Muchas veces también se produce violencia sexual, antes o después del asesinato. El significante nos muestra un campo de la estructura de acción. Los cortes dirigidos en el cuello refieren a un significante comunicante, un símbolo de la anulación de la comunicación: “ya no es posible comunicarse, ni siquiera a través de los golpes”. Aquellos que se dirigen al vientre, el pubis, los senos, muestran el componente de posesión sexual que resulta fundamental en el control micropolítico y en la exclusividad del contrato de convivencia.


2. Los usos “legítimos” de la violencia

¿Qué significa entonces el uso de la violencia entre las parejas? El campo muestra un significante más grande que la propia dominación masculina. Se trata de un asunto político, pensado desde la localidad de las relaciones, pero también frente al Estado. Significa un campo de la práctica de la violencia que es posible de ser ejercido en la vida cotidiana y donde el Estado y sus formas de control y punición no tienen siempre el interés o posibilidad de intervenir (porque no es una prioridad o porque las personas no lo denuncian).

El Estado, en efecto, no logra siempre penetrar el campo de la localidad, y muestra en esas grietas la construcción de campos privados, que “suspenden” -en ciertos lugares y momentos- su capacidad de acción. El Estado no siempre controla el espacio local de la familia, de la casa, de la pareja, aunque así lo pretenda su mandato. Persisten en su seno “zonas liberadas”, campos que escapan a su control formalizado y a la norma punitiva, represiva, incluso a la propia ley. Una suerte de campos de excepción (Agamben 2000) en el espacio local.

Los Derechos y las Leyes existen formalizadas por el Estado y se encarnan en los discursos normativos, en el deber ser, en la prohibición del uso de la violencia; pero no funcionan totalmente en las prácticas, en donde se construye aquellos márgenes, zonas que funcionan bajo una lógica diferente del poder y, por ende, bajo un sistema distinto de la distribución de la fuerza y del uso de la violencia: otros modos de punición, castigo, reprimenda . Estas “zonas liberadas”, sin embargo, no son físicamente marginales, sino que existen en diferentes núcleos. No residen solo en la periferia (lo marginal exterior), sino el interior del hogar, la convivencia de la pareja. Aquí se reconfiguran las relaciones sociales y se abre un campo en donde se reinventan los usos legítimos de la violencia y de la aplicación de la fuerza.

La familia es uno de esos campos. Para muchos, los padres tienen “derecho” a golpear a sus hijos, a castigarlos violentamente, a “torturarlos”, bajo la legitimidad otorgada “por ser el padre de familia”. Se reconoce localmente dicho ejercicio legítimo de la violencia, aún cuando existe la punición legal por el castigo físico y la tortura de padres a hijos. “Dar como a hijo” resulta una frase que ilustra este ejercicio de la violencia en el seno del hogar reconocido como un campo común, normal, legítimo.

Muchas familias resultan de ese modo terrenos que funcionan con reglas propias, reglas “naturalizadas” en mandatos locales. Sin embargo, en esa constitución funcionan como “zona liberada”, más allá de las reglas que dispone el Estado. “Uno no se debe meter en los problemas familiares”, “cada uno arregla lo que sucede en su casa”, “”no te metas en lo que no te importa”. Así, en el interior de la casa, en la familia, en el hogar simbólico se construyen reglas de convivencia que exceden al propio Estado, formas políticas de acción y contratos sociales. La familia es, también, un campo político.

Así, en este terreno se gesta uno de esas “zonas liberadas” dentro del Estado. Asimismo, se construyen otras legitimidades, que soportan el uso de la violencia. El propio matrimonio, la convivencia, gesta un tipo de contrato, de acuerdo local que funda prácticas normalizadas de poder y del uso de la violencia. El varón, adquiere aquí cierta autoridad local, esposo, pareja, padre, como jefe de familia, como proveedor, como patrón. Esta legitimidad inventada localmente y sostenida por el seno familiar y comunal, le permite actuar con cierto margen naturalizado que evita la denuncia ante el uso de la violencia.

En este sentido, el Estado no tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia. El Estado tiene solo un control normativo exterior y en su mirada, la legitimidad dependería solo de la ley o de la norma. Sin embrago, la legitimidad excede la formalidad normativa. Bajo esta disposición teórica la legitimidad lo es en tanto tiene la posibilidad de actuar dentro de un margen de elementos asumidos, dentro de habitus (Bourdieu) que los actores no cuestionan radicalmente. Estos habitus permiten la existencia de prácticas legitimadas y pensadas como formas “normales”. Es así, por ejemplo, que durante mucho tiempo se asumió como una práctica legitima el esclavismo. Asimismo, la violencia también ha sido usada de modo legítimo por diferentes sujetos, grupos y actores en la historia moderna. En el período feudal de occidente los señores tenían la posibilidad de uso legítimo de la violencia en sus feudos, lo que les permitía administrar los sistemas de control, suplicio y punición dentro de la localidad, en un mundo soportado sobre sistemas políticos que no tenían una aparato legal común sobre el conjunto de las personas.

Pero llegaría un momento imaginario en que la aparición del Estado requeriría de otra disposición: el Leviatán de Hobbes señala que ante “la guerra de todos contra todos” que determina un combate permanente y la aniquilación de los sujetos, es necesario ordenar el uso de la violencia para gestar el principio de convivencia. Frente a dicha condición teorética para la constitución del Estado moderno, se postula el monopolio del uso legítimo de la violencia como potestad del Estado. Según este marco, solamente la estatalidad formal, la norma, la ley, los gobernantes dentro del sistema, pueden utilizar la violencia de manera legítima: la guerra, el ejército, la represión policial, son sus brazos más evidentes.

Sin embargo, bajo esta mirada se han cometido algunos olvidos. Primero, se ha olvidado que la legitimidad excede la normativa, la ley y el deber ser del Estado. La legitimidad se construye también en la localidad y es determinada por los imaginarios y las prácticas. No puede haber un monopolio de la legitimidad más que en la teoría y en la prescripción. Segundo, se ha olvidado que en la vida cotidiana se utiliza la violencia de diferentes formas, antes y después de la aparición del Estado; pero como no resultan prácticas que ponen en peligro la seguridad de las fronteras, el abastecimiento de las ciudades o la seguridad de las calles, no han sido pensadas -sino hasta hace poco- como formas de violencia que deben ser controladas y castigadas.

Bajo esas dos premisas es importante repensar el fenómeno. La violencia doméstica, la violencia contra los niños, y en este caso, la violencia contra las parejas mujeres, no resultan simplemente una forma subversiva o una patología, sino un ejercicio de reconocimiento de otras legitimidades, legitimidades locales que atentan contra los dispositivos normativos y contra las propias leyes, pero que paradójicamente conviven con ellas.

De este modo, los sujetos le dicen al Estado que “no tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia”, le dicen al Estado que en la vida cotidiana, en esos microespacios, existen otras reglas de juego que sobrepasan la ley y la norma, y que la violencia “es un derecho de ser hombre frente a una mujer”. Y que el compromiso de una pareja implica la sesión de ese uso local legítimo de la violencia, “pues otro hombre no puede agredir a mi mujer”, “sino solo yo”, “porque es mía”; porque en el acto de comprometerse, en la firma simbólica de esta suerte de contrato social, de pacto, de acuerdo, se hipoteca la libertad, a cambio de la seguridad, la protección y la defensa. Como en la vieja idea de Hobbes, el Leviatán implica una sesión del poder y de la violencia a cambio de la protección. Se trata de múltiples contratos locales, de sesión del derecho del uso de la violencia. La pregunta es ¿qué tipo de contratos o pactos se construyen en las relaciones de pareja?, ¿qué tipo de relaciones permiten el uso de la violencia como un ejercicio legítimo?

Es por eso que esta disposición de la estructura de relaciones implica, un sistema que sobrepasa la disposición de género y muestra una infraestructura política como disposición del ejercicio del poder y la violencia. Lo que no anula la interpretación de la dominación masculina, sino que la sitúa en un campo político más extenso. La existencia del Estado no elimina otras prácticas legítimas de la violencia, no subsume los otros pactos políticos (como el matrimonio), sino que ordena públicamente los contratos.

Esta estructura, que gesta legitimidad en el contrato tácito de la paternidad o del matrimonio, permite otro monopolio local del uso de la violencia. De este modo, la violencia sobre la mujer ejercida por un varón que no es el padre, esposo, novio o conviviente es una afrenta a la estructura micro-política determinada en el contrato formal o tácito de protección. Ejemplos en donde la protección de la pertenencia radica en que los padres o esposos utilizan la violencia para defender su monopolio de protección local se puede ver en casos como el siguiente:

“Le clavó ocho puñaladas porque le pegó a hija. En represalia porque su hija fue agredida por su enamorado, un ex convicto, en complicidad de otra de sus hijas, asesinó a palazos y de ocho cuchilladas a un trabajador de una empresa de cerveza, en el Callao”.

Así, el “enamorado” no tiene aún la potestad del ejercicio legítimo de la violencia, pues aún la tiene el padre, en su contrato tácito. Lo mismo sucede con los noviazgos. Sin embargo, en muchos matrimonios o en la convivencia, este uso legítimo de la violencia es posible. Hay una tensión en este sistema. La violencia se ejerce por los varones sobre las mujeres, y lo que tenemos es una pugna entre los varones por la legitimidad de la aplicación. El matrimonio gesta, en muchas ocasiones, la posibilidad del ejercicio de la violencia en reemplazo del padre. Ser la pareja formal, funda un nuevo campo de acción, un contrato, un nuevo terreno, una zona liberada para legitimar la práctica de la violencia, para golpear, para patear, para cortar, para violar, para humillar, en pos de la protección, la defensa, la vigilancia y el control.

En efecto, el Estado no tiene el monopolio legítimo del uso de la violencia. Esta, ejercida por algunos varones sobre sus parejas, es una muestra de dicha situación. Se trata de un asunto político, de una práctica que reta a las estructuras del Estado, que le muestra sus grietas, sus campos de inflexión.


3. Micropolíticas de la vida cotidiana 

En los campos de la estructura política cotidiana se muestra también esa disposición del sistema. Los elementos y los campos sobre los cuales se soportan las denuncias de violencia contra la mujer, mantienen también un sistema de legitimación del uso de la violencia. La Policía en las comisarías, los médicos legistas, los espacios judiciales, resultan también campos en donde este sistema masculino, esta estructura política se ejerce, se pone en acción en las prácticas de los actores.

Si bien no resulta un tema central en este caso, lo importante es indicar que la estructura de la intervención o la acción de recepción de denuncias sobre violencia de género y entre las parejas maneja más o menos el mismo discurso. Es el padre, esposo o conviviente el que detenta el uso legítimo de la violencia en el espacio cotidiano, de modo que muy pocas mujeres aceptan denunciar estos casos (por temor a las represalias, por la normalidad de las prácticas, por desconocimiento, etcétera). Sin embargo, en las situaciones en las que estos son denunciados y deben pasar por los campos formales, la propia Policía o el sistema judicial, en no pocas ocasiones se resisten a dar proceso a las denuncias. Muchas veces no por falta de pruebas, sino más bien por la reproducción de una estructura política y un sistema de ejercicio de la violencia. Así, los propios policías se resisten a llevar a cabo la recepción de las denuncias, indicando que se trata de un problema que debe ser solucionado por los propios actores y en donde es el hombre el que tiene la autoridad o el derecho de ese ejercicio. Lo mismo sucede, aunque de una manera más compleja en el caso de los ámbitos judiciales, en el que los actores muestran una disposición activa de las formas de discriminación y resistencia a la denuncia. En algunos casos por corrupción, en otros casos por prejuicios o formas de discriminación asentados en los imaginarios, los casos no son procesados formalmente.

Esto permite abonar en la dirección del argumento central. Es decir, que el ejercicio de la violencia entre las parejas está dispuesto en cotos sociales, por campos construidos sobre micro-contratos, sobre una estructura política que cuestiona la determinación del Estado como una totalidad absoluta. Incluso en el campo policial o judicial, muchos de los actores que detentan el cargo de autoridad formal, muestran que la estructura se sobrepone a la existencia de estos sistemas. En otras palabras, que conocen de un modo u otro la existencia de esa legitimidad del uso de la violencia en el campo doméstico y que prefieren no intervenir.

Si bien la ley existe como un dispositivo formal que supuestamente penetra toda la estructura, en la práctica esto no es siempre así; no se trata de un campo racional total, sino más bien de un campo en el que los modos de pensar el poder y de conocer el uso legítimo de la violencia están cruzados. No es solo “complicidad masculina”, “encubrimiento”, “machismo”, sino también el reconocimiento de este uso legítimo, de esa zona privada-pública, en la cual los sujetos ejercen la violencia. Se trata de un reconocimiento de múltiples contratos que no pueden ser rotos por la ley formalizada del Estado.

La violencia contra la pareja –contra la mujer-, en el seno de la vida cotidiana de las relaciones sociales no está separada de los otros modos de ejercicio de la violencia de los varones en el hogar. La política excede al Estado. Aparece también como sistema de gobierno de la economía, de la casa, del cuerpo. Este gobierno local, esta economía resulta un campo micropolítico que hay que repensar. Cada golpe, cada corte, cada patada, cada gota de sangre, es la muestra de la existencia de una tecnología política de la vida cotidiana, que constituye la evidencia de modos del poder y de la violencia dentro del Estado; que le muestran sus fronteras interiores, aunque de la manera más radical.

* * *


A Elena la mataron a golpes. Su propio marido la violó, le arrancó mechones enteros de cabello con las manos. Tirada en el piso, él la pateó en el vientre, le dijo que era “una perra”, que “solo tenía valor porque él la mantenía”. A Elena le dijeron que ella “no tenía derecho a nada, si es que su marido no le daba permiso”. Y es que ella se había casado, ella le había prometido fidelidad total. Él, a cambio, le daría protección, alimento, casa. Elena no quería denunciar las agresiones porque estas eran parte de la promesa, del contrato que tenía, de ser una mujer casada, una pareja fiel. Cuando la mataron, Elena no se defendió. Su cuerpo amoratado por los golpes, enrojecido por los cortes, nunca reclamó nada. Elena tenía 26 años.


Material de consulta

AGAMBEN, Giorgio. Homo sacer. I. El poder soberano y la nuda vida. Madrid: Pretextos. 2000.
FOUCAULT, Michel. Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo Veintiuno. 1979.
MUJICA, Jaris. “Instrumentos asesinos. Ideas preliminares para pensar el homicidio”. En: Psiqué. Lima: PUCP. Vol. 10, No. 1. Año 2006.
RODRÍGUEZ. Miguel. Informe sobre feminicidio en el Perú. Material de trabajo. Lima: Demus. 2005.
Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán. Reporte. Feminicidio en el Perú. http://www.flora.org.pe/investigaciones/feminicidio.pdf
www.feminicidio.cl
www.larepublica.com.pe
www.ojo.com.pe


domingo, 22 de agosto de 2010

Frases locas

Frases locas




Promedio (4 votes)
Por Jorge Bruce
Esta semana dos presidentes peruanos –el de la República y el del Poder Judicial– sacaron a relucir su homofobia con irresponsable desparpajo. García se refirió al sujeto que arrojó agua hirviendo al rostro de una mujer, diciendo: “¿Hasta cuándo vamos a permitir a esos maricas que maltratan a las mujeres?”.
Más allá de la deplorable sintaxis de la frase (¿qué significa no “permitir a esos maricas”? ¿suprimirlos con la pena de muerte?), no hay que “permitir” esas amalgamas primitivas entre homosexualidad y cobardía. Así sea otra cortina de humo, de esas tantas con las que nos asfixian para tapar la corrupción gubernamental, es peligroso y dañino que el presidente del Perú recurra a prejuicios homofóbicos para sintonizar con los afectos más básicos del electorado. Lo único que consigue es atizar la violencia contra los homosexuales, sin resolver en lo más mínimo la grave situación de la violencia machista contra las mujeres.
Además hay que recordarle que no solo se maltrata a las mujeres arrojándoles agua hirviendo en el rostro, una atrocidad sintomática del estado de nuestra sociedad, por cierto. También se las agrede cuando se las humilla o expone públicamente. Como bien ha dicho Pilar Nores, ellas sí tienen vida privada, a diferencia del mandatario, quien ha renunciado a la suya.
Por otro lado, Javier Villa Stein, también fascinado con las locas ilusiones –como dice el vals– presidenciales, se lanzó a decir lo siguiente: “La lucha anticorrupción no se puede hacer con mariconadas, sino con la hombría suficiente”.
Un momentito, señor magistrado. ¿Podría explicarnos el vínculo entre homosexualidad y corrupción? ¿Qué tiene que ver la hombría con la integridad? ¿Debemos deducir que solo los machos son éticos? ¿Una mujer –Gladys Echaíz o Beatriz Merino, por poner un par de ejemplos– no podría conducir eficazmente el combate contra el peor problema de nuestra sociedad? ¿Tampoco un o una homosexual?
Podríamos limitarnos a ridiculizar estas desafortunadas declaraciones, de no ser porque al reforzar estereotipos retrógrados, frenan el desarrollo del Perú. Porque el desarrollo debe ser ante todo en términos de conocimiento. Al difundir falsedades y colocar a sectores de la población como víctimas propiciatorias, discriminan y violan derechos constitucionales. Ofenden y promueven actitudes antidemocráticas. Al ser pronunciadas por las más altas autoridades del Estado, sus repercusiones pueden ser dramáticas, pues constituyen un aval implícito a quienes repudian la homosexualidad y pasan al acto. Pregunto a los abogados: ¿no es esto un delito?
Aunque a muchos parezca obvio, lo diré: no existe correlación alguna entre homosexualidad y cobardía o corrupción, menos aún violencia psicopática o feminicida. Puede ocurrir, tal como sucede entre los heterosexuales. Exijamos a nuestras autoridades que se conduzcan a la altura de sus cargos y conforme a la ley. Cada una de estas patinadas grotescas nos atrasa mental y espiritualmente como sociedad. Si de veras queremos salir del tercer mundo, elijamos representantes que marchen en esa dirección. Lo único rescatable de estos despropósitos es que ya sabemos quiénes no lo están haciendo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Pueden los hijos estar bajo custodia de hombres condenados por malos tratos y violencia de género?


Filed under: Uncategorized — Chema -Admin @ 9:51 am 

Igualdad estudia quitar la custodia de los hijos a los maltratadores

EL PAÍS - Madrid – 16/08/2010. El Ministerio de Igualdad está analizando las posibilidades legales para conseguir que los maltratadores pierdan “de forma automática” la custodia sobre sus hijos menores de edad en el momento de ser condenados. Así lo explicó el delegado del Gobierno contra la Violencia de Género, Miguel Lorente, en una entrevista a Europa Press. Hace unos meses la comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados solicitó -como una de las 50 medidas para mejorar la Ley Integral Contra la Violencia de Género- que las condenas por maltrato lleven aparejada la pérdida de custodia de los hijos.
Hasta este momento, la decisión la toma el juez analizando cada caso para determinar si es conveniente esa retirada de la custodia. Igualdad, sin embargo, analiza ahora, explicó el delegado del Gobierno contra la Violencia de Género, desde el punto de vista jurídico, “qué es lo que hace falta” para que la retirada de la custodia en los casos de violencia machista se pueda hacer de manera “automática”. Lorente explicó que se trata de “articular, delimitar y regular” la decisión de los jueces de retirar esa custodia de los hijos a los hombres condenados por maltrato.
Una medida, sin embargo, que no puede ser genérica en todos los casos, sino que debe concretarse en función de distintos criterios, como el tiempo de condena que pesa sobre el agresor y otros factores, explicó.



miércoles, 11 de agosto de 2010

La soledad y la desolación



La soledad y la desolación

MARCELA LAGARDE


"Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes ¿te vas a quedar solita?, ¿ Por qué tan solitas muchachas?- hasta cuando vamos muchas mujeres juntas-.
La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.
Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.
Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica par la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.
La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas.
Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona. Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas. La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo.
La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.
Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros.
Uno de los procesos más interesantes del pensamiento es hacer conexiones; conectar lo fragmentario y esto no es posible hacerlo si no es en soledad. Otra cosa que se hace en soledad y que funda la modernidad, es dudar. Cuando pensamos frente a los otros el pensamiento está comprometido con la defensa de nuestras ideas, cuando lo hacemos en soledad, podemos dudar.
Si no dudamos no podemos ser autónomas porque lo que tenemos es pensamiento dogmático. Para ser autónomas necesitamos desarrollar pensamiento crítico, abierto, flexible, en movimiento, que no aspira a construir verdades y esto significa hacer una revolución intelectual en las mujeres.
No hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos. Si nos quedamos solas únicamente para pensar en los otros, haremos lo que sabemos hacer muy bien: evocar, rememorar, entrar en estados de nostalgia. El gran cineasta soviético Andrei Tarkovski, en su película "Nostalgia" habla del dolor de lo perdido, de lo pasado, aquello que ya no se tiene. Las mujeres somos expertas en nostalgia y como parte de la cultura romántica se vuelve un atributo del género de las mujeres.
El recordar es una experiencia de la vida, el problema es cuando en soledad usamos ese espacio para traer a los otros a nuestro presente, a nuestro centro, nostálgicamente. Se trata entonces de hacer de la soledad un espacio de desarrollo del pensamiento propio, de la afectividad, del erotismo y sexualidad propias.
En la subjetividad de las mujeres, la omnipotencia, la impotencia y el miedo actúan como diques que impiden desarrollar la autonomía, subjetiva y prácticamente. La autonomía requiere convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posiblidad de pensamiento, de duda, de meditación, de reflexión. Se trata de hacer de la soledad un espacio donde es posible romper el diálogo subjetivo interior con los otros y en el que realizamos fantasías de autonomía, de protagonismo pero de una gran dependencia y donde se dice todo lo que no se hace en la realidad, porque es un diálogo discursivo.
Necesitamos romper ese diálogo interior porque se vuelve sustitutivo de la acción ; porque es una fuga donde no hay realización vicaria de la persona porque lo que hace en la fantasía no lo hace en la práctica, y la persona queda contenta pensando que ya resolvió todo, pero no tiene los recursos reales, ni los desarrolla para salir de la vida subjetiva intrapsíquica al mundo de las relaciones sociales, que es donde se vive la autonomía.
Tenemos que deshacer el monólogo interior. Tenemos que dejar de funcionar con fantasías del tipo: "le digo, me dice, le hago". Se trata más bien de pensar "aquí estoy, qué pienso, qué quiero, hacia dónde, cómo, cuándo y por qué" que son preguntas vitales de la existencia.
La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía. Sin soledad no sólo nos quedaremos en la precocidad sino que no desarrollamos las habilidades del yo. La soledad puede ser vivida como metodología, como proceso de vida. Tener momentos temporales de soledad en la vida cotidiana, momentos de aislamiento en relación con otras personas es fundamental. y se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad.
Mirada como un estado del ser - la soledad ontológica - la soledad es un hecho presente en nuestra vida desde que nacemos. En el hecho de nacer hay un proceso de autonomía que al mismo tiempo, de inmediato se constituye en un proceso de dependencia. Es posible comprender entonces, que la construcción de género en la mujeres anula algo que al nacer es parte del proceso de vivir. Al crecer en dependencia, por ese proceso de orfandad que se construye en las mujeres, se nos crea una necesidad irremediable de apego a los otros.
El trato social en la vida cotidiana de las mujeres está construido para impedir la soledad. El trato que ideológicamente se da a la soledad y la construcción de género anulan la experiencia positiva de la soledad como parte de la experiencia humana de las mujeres. Convertirnos en sujetas significa asumir que de veras estamos solas: solas en la vida, solas en la existencia. Y asumir esto significa dejar de exigir a los demás que sean nuestros acompañantes en la existencia; dejar de conminar a los demás para que estén y vivan con nosotras.
Una demanda típicamente femenina es que nos "acompañen" pero es un pedido de acompañamiento de alguien que es débil, infantil, carenciada, incapaz de asumir su soledad. En la construcción de la autonomía se trata de reconocer que estamos solas y de construir la separación y distancia entre el yo y los otros."

martes, 10 de agosto de 2010

'Los hombres han aprendido a mirarse en el espejo, pero no a mirarse' ENTREVISTA: ENTREVISTA MIGUEL LORENTE ACOSTA




RAFAEL RUIZ 01/08/2010



Es médico forense y delegado del Gobierno para la Violencia de Género. El aumento del número de mujeres asesinadas ha disparado las críticas y las alarmas. Él continúa el combate: “El maltratador da a su pareja lo justo para vivir, pero poda cualquier intento de crecer como persona”.
En los días anteriores a entrevistarle, hombres y mujeres especializados en psicología, sociología y trabajo social, mujeres y hombres involucrados en la lucha por la igualdad y contra la violencia de género, me hablaron maravillas de este hombre, que lleva toda la década dando la cara en un tema que levanta tanta sensibilidades; maravillas de su talante, de sus conocimientos y de su capacidad para acotar el problema y explicarlo. Algo muy distinto de las descalificaciones contra él vertidas en campañas sin piedad, por ejemplo en la Red. Está claro que Miguel Lorente Acosta levanta pasiones, en buena medida por el cargo que ocupa.

Miguel Lorente Acosta, médico forense y delegado del Gobierno para la Violencia del Género


“Matar no es fácil, pero preferimos explicaciones que no inquieten”
“No me gusta hablar de machismo, sino de problemas de patrón cultural”




En lo que llevamos de año, 38 mujeres han muerto a manos de sus compañeros o ex compañeros por violencia de género en España (la entrevista se hizo el 14 de julio; al cierre de esta revista, el número ya era de 41 mujeres). ¿Una cifra preocupante que muestra un repunte en las agresiones machistas?

Perder vidas siempre es preocupante. Respecto al año pasado hay 11 casos más en ese tiempo. Pero no basta la comparación con solo un año. Desde que hay un seguimiento estadístico fiable, desde 2003, la media de víctimas mortales en ese periodo es 35, este año han sido 38. Eso ya lo matiza un poco más. Es un incremento relativo. En 2009, por ejemplo, hubo una acumulación de casos en la tercera semana de julio. En cualquier caso, más allá de los números, mientras haya hombres que sigan entendiendo la relación de pareja como una relación de dominio, de control, de poder, estamos ante algo preocupante.




En la primera semana de julio se concentraron cinco muertes. ¿Hay un incremento de estas agresiones en verano?

El calor puede ser uno más de los factores estresantes ante conflictos que acentúe la agresividad, la irascibilidad. Pero más que el calor, lo que influye es el aumentode la convivencia. La rutina resuelve muchos conflictos por la propia dinámica. Además, desde el punto de vista emocional también hay una percepción de fin de curso; de que eso se resuelve antes del verano o que no se va a resolver. Eso influye en el uso de la violencia.
Miguel Lorente es médico forense; por oficio, está acostumbrado a ser muy analítico. Así que sus contestaciones están tan llenas de frases subordinadas y explicaciones, que a la fuerza hay que condensarle, a costa de perder algún gramo de exactitud. Sucede con la explicación de la violencia en verano; no se queda a gusto y la sigue desarrollando:
"No olvidemos nunca que estas conductas nacen de una premeditación. Cuando analizas cada caso, ves que se han ido tomando muchas decisiones encaminadas a cometer el homicidio. No es algo fruto de un ataque repentino. Matar no es fácil; hay una planificación. Lo que sucede es que la sociedad intenta explicarse lo inexplicable. Si buscas el sentido a esos crímenes en la desigualdad, el dominio, el patriarcado, el sometimiento de la mujer, eso te remueve por dentro y piensas: jolín, entonces yo debo adoptar alguna acción para evitar que esto siga ocurriendo. Es más fácil recurrir a los elementos que tu propia cultura te ha dado para resolver ese conflicto. Decir que en el episodio incidieron el alcohol, las drogas, un nivel cultural bajo, que eran inmigrantes... Ese tipo de justificaciones las sigue dando el 60%-70% de la población española. Antes era el 90%. Se sigue utilizando ese recurso de manera natural para dar una explicación que no nos genere demasiada inquietud".








Recurrimos a ese recurso de buscar explicaciones que no nos perturben demasiado. De ahí el choque emocional, la incomodidad que provoca el título de uno de sus libros: 'Mi marido me pega lo normal'.

Sí. Esa frase es real, e incluso frecuente. Y yo la escuché seguida de esta otra: "Pero esta vez se ha pasado y quiero denunciarlo".




¿Somos más machistas en España que en otros países europeos?

No. Lo que pasa es que somos el único país de Europa que conoce realmente la violencia de género y la situación social vinculada al machismo. Durante la presidencia española de la UE me he reunido con mis homólogos de los otros 26 países, y he comprobado que no saben realmente cuántas mujeres se les mueren por violencia de género. Algunos tienen cosas interesantes, pero en el conocimiento integral, global, de acercarnos a la violencia de género que parte de un contexto social y cultural, en eso estamos los primeros. Ir a las raíces, ir al origen, es una apuesta muy compleja, que levanta muchas resistencias. A menudo digo que no me gusta hablar de machismo, porque puede dar la sensación de que es el problema de unos pocos que actúan en exceso, y no es eso; prefiero hablar de un problema de patriarcado, de un patrón cultural y social basado en la desigualdad.




¿Las nuevas generaciones están cambiando?

Hemos hecho un estudio con adolescentes, y un 13% de las chicas todavía ve normales las conductas de control, de insulto, de humillación, incluso las agresiones leves o coacciones; por ejemplo, limitar el contacto con las amigas. Hay cierta normalidad en el recurso a la violencia. Si se pregunta a los chicos de 16 a 18 años si ven correcto responder con violencia al intento de quitarles algo que consideran suyo, el 23% contesta que sí. El 33% de los chicos y el 26% de las chicas asocian celos con amor. Todavía el 10% de los chicos y el 7% de las chicas dicen que el hombre que parece agresivo es más atractivo.
Vuelve a diseccionar la pieza. No se queda tranquilo. Y sigue hablando, rápido, pero con precisión, con inflexiones pedagógicas, encadenando argumentos:
"Es como esa otra frase que también he escuchado: 'Mi marido nunca me ha pegado, pero es que tampoco le he dado motivos'. Así es como se asumen roles, funciones... A la mujer le sigue dando valor ser buena madre, ser buena esposa, ser buena ama de casa, aunque luego también trabaje. Si una mujer es una buena profesional, pero descuida a sus hijos, dirán: sí, sí, es muy buena médica, muy buena política, pero, fíjate, sus hijos han estado en colegios internos; ha fallado en lo esencial. Al padre no se le pide eso. Si la mujer asume ese rol y asume que hay una especie de controlador doméstico, para decir sí o no, para corregir, si está sometida, podríamos pensar que ya no hay necesidad de recurrir a la violencia. Pues incluso así puede aparecer la violencia. Porque cuanto más injusto es el mandar, más sensación de poder te da. Mandar lo que es correcto no da sensación de poder, pero mandar una cosa injusta da mucha".




¿Cómo ve la animadversión que levanta el Ministerio de Igualdad en diversos sectores? ¿Les ha sorprendido?, ¿se lo esperaban?

Más que la resistencia, lo que sorprende es que se haya elevadoa un frente mediático y político. Que haya gente que esté en contra de la igualdad porque no es consciente de que hay desigualdad puede sorprender. Pero lo realmente preocupante es que hagan de esa situación un elemento crítico de ataque o de banalización hacia este ministerio. Te das cuenta de que eso no nace de una reflexión racional, sino de un rechazo hacia algo que genera incomodidad porque es un ataque a posiciones dominantes.




Ya, pero cuando dice que criticar la Ley de Violencia de Género puede contribuir a que haya más víctimas, ¿no es una defensa demasiado demagógica?

Claro que las leyes pueden ser criticadas si no se comparten, pero la argumentación ha de basarse en elementos objetivos. Pero si dices que la Ley Integral de Violencia de Género produce más víctimas porque actúa contra los hombres, sin más argumentos, eso en el fondo sí sirve para que muchos hombres se sientan atacados. Es lo mismo que cuando un hombre trata de justificar su comportamiento violento diciendo: "Es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria". Sienten que van contra ellos, que todo este planteamiento es algo que está solo en manos de unas cuantas mujeres, las feministas... Y puede que el hombre violento, el que está pensando en llevar a cabo una agresión contra su mujer, cuando ve que hay elementos que refuerzan su posición, se sienta más seguro.




¿También puede influir el creciente debate sobre las denuncias falsas presentadas por las mujeres para supuestamente conseguir ventajas ante un divorcio?

No son elementos decisivos, pero sí factores que interactúan. Son elementos que refuerzan o cuestionan las posiciones del hombre que se siente dominante. Decir que hay muchas denuncias falsas es un argumento que ha empezado este año con mucha fuerza y seguimiento mediático, incluso por parte de jueces y representantes institucionales, no por casualidad, sino de forma orquestada, contra la ley. Como se les vino abajo el argumento de que, desde la creación del Ministerio de Igualdad y la promulgación de la Ley de Violencia de Género, cada vez se mataba más, que la ley y el ministerio no servían para nada, ahora atacan por otro lado. Cuando se dice que hay un aluvión de denuncias falsas, están cuestionando la credibilidad de la mujer.




Ahora estamos en unas 32.000 denuncias por violencia de género al trimestre, en torno a un 10% menos que en los dos años anteriores. Además, entre las víctimas mortales de este año, el 85% no había denunciado...

Sí. Las denuncias han caído, a pesar de las campañas. Cuando tú le dices a la mujer que hay mucha denuncia falsa, la mujer, que ya de por sí tiene dudas, se retrae.




Porque la mujer sometida durante largo tiempo a maltrato psicológico o/y físico tiene la autoestima por los suelos, a menudo se llega a creer que se merece lo que le pasa. Incluso crea lazos de dependencia respecto a ese hombre. Le he oído hablar a usted del 'efecto bonsái'. ¿Nos explica en qué consiste?

Un bonsái no es un árbol que no crezca, sino un árbol al que se le impide crecer, al que se le van cortando ramas y raíces para que no se desarrolle. Es lo que hace el maltratador. Cuando su pareja intenta crecer como persona, él se encarga de podar eso, pero al mismo tiempo da las justas dosis de cariño para que no muera. La propia mujer se nota impotente, pero como recibe lo que necesita para seguir viviendo, crea una relación de dependencia. Depende de la misma persona que la anula. Y llega a creer que sin él no va a poder vivir. Para poder desarrollarse, para poder crecer, necesita un proceso de adaptación. Como el bonsái; si lo sacamos de su mínima maceta y lo plantamos en el jardín, se muere, porque ni siquiera tiene raíces para profundizar buscando agua en el suelo.




¿Hay un perfil-tipo del agresor?

Yo siempre digo que todos los agresores responden a tres características: es hombre, varón y del sexo masculino. Su referencia cultural está basada en la imposición, en "porque lo digo yo" y "aquí hay que poner orden". Hay comportamientos en los que coinciden, pero no se puede establecer un retrato-robot. Entre los que han acabado con la vida de su pareja, prácticamente todos o se suicidan o se entregan. Los que se suicidan suelen ser personas integradas en la sociedad, se llevan bien con el entorno y no quieren ser juzgados, huyen de ser cuestionados por ese entorno. Los que se entregan, sin embargo, están menos integrados y no temen ese rechazo, incluso creen que lo que han hecho les da mayor integridad como hombres.




Sigamos con las estadísticas de este año. El 37% de las víctimas eran inmigrantes, frente al 10% de porcentaje en la población total. ¿Puede esto dar argumentos a algunos españoles para decir: nosotros lo hacemos cada vez mejor, este problema no va con nosotros?

La violencia hay que entenderla contra las mujeres, da igual que sean inmigrantes... Es como una enfermedad epidémica. El tratamiento debe ser global. Respecto a la población inmigrante, hay un factor interesante a analizar. Proceden de sociedades con un entramado cultural de mayor intensidad machista, con roles más definidos y obligados. En España sesuele producir lo que se llama una velocidad de integración asimétrica; las mujeres se suelen integrar antes que los hombres, porque establecen más redes sociales, basadas en el afecto, la confianza, el intercambio; el hombre suele tener relaciones más superficiales. Así, la mujer puede cuestionar más rápidamente las conductas impuestas por la cultura de origen. Eso ellos lo viven como una agresión y refuerza su posición de que deben hacer algo para mantener su rol dominante.




Además, casi la mitad de las mujeres asesinadas eran mayores de 50.

Es un sector de población al que nos resulta más difícil llegar. Además, tienen muy interiorizada su idea de lo que es una pareja. Un hombre de 60 años no suele estar dispuesto a que su mujer lo deje.




Miguel, ¿cómo sale un hombre así, como usted, habiendo nacido en 1962 en Serón, un pueblo de Almería? ¿Cómo era su entorno familiar cuando usted era niño?

Mis padres siempre se han comportado de una forma muy abierta, intentando dejarnos mucho espacio. Somos cuatro, tres chicos y una chica. Mi padre, médico de pueblo, siempre ha sido bastante tradicional. Un señor no violento, pero que responde totalmente a la figura del padre de familia que tiene la última palabra. Mi madre sí era más de darnos libertad, de que asumiéramos nosotros responsabilidades.




¿De pequeño ya era usted así?

[Risas]. La primera sensación o idea de igualdad que yo tengo fue en la primera comunión, con siete años. El cura nos dijo que después de comulgar teníamos que ir a nuestro sitio, arrodillarnos y rezarle un padrenuestro al Señor. Y yo pregunté: "Bueno, ¿y por qué no rezarle también un avemaría a la Virgen?". Que no, niño, cállate ya... Que vas a tu sitio y le rezas un padrenuestro al Señor...". Y yo me dije: "Bueno, pues yo también le voy a rezar un avemaría a la Virgen.




¿Recuerda alguna otra experiencia que le marcara en su concienciación contra la desigualdad?

Yo siempre cuestioné lo que era el comportamiento chico/chica en el pueblo. Estuve interno cuatro años en los Maristas y luego fui a Olula del Río (Almería), donde vivían mis padres, ya para ir al instituto, con 14 o 15 años. Tras cuatro años de internado, yo no sabía muy bien cómo iba el trato con las chicas... Y recuerdo que mis amigos me decían cómo ligar en la discoteca, que al bailar en las lentas había que bajar la mano por la espalda. Era todo un protocolo. Me contaban: Ella te dirá: vamos a tomar algo. Tú te vas a tomar algo. Y luego tienes que decir: vamos a bailar otra vez. Y si te dice que sí, ya tienes que ir a por todas, porque ella ya sabe a lo que va". Y yo decía: "Qué tontería, igual lo que quiere es seguir bailando y ya está. Y ellos me decían: "No, no, no. En ese sentido, he visto que muchas cosas yo no las compartía.




¿A su mujer la conoció así, bajando la mano por la espalda en una discoteca?

No, no. Fue estudiando Medicina. Ella es de Jaén. Los tres hermanos estábamos estudiando Medicina en Granada. Y mi mujer se alojaba en una residencia de monjas en el mismo edificio donde mis padres tenían el piso y nos quedábamos los tres hermanos.




Ahora ella sigue viviendo en Jaén... Y sus dos hijos, también. Le pueden decir que así, en la distancia, es fácil no tener roces con la pareja...

No hay conflicto porque hay decisión mutua de hacer lo que estoy haciendo. Yo siempre he comentado que yo no podría ser director general de Obras Públicas. Esto lo hago porque creo en ello, para contribuir a un proceso social con el que podemos avanzar hacia una sociedad mejor, que es la que conocerán mis hijos.




Se ha ganado un grupo grande de enemigos a costa del SAP, el llamado síndrome de alienación parental. Les llaman, incluyendo a la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, y a usted, las 'femilistas'.

El SAP parte de un neomito que fuerza la idea de que las mujeres son manipuladoras. Vuelve a salir el posmachismo. Para mantener la posición dominante que ven amenazada ante las separaciones, muchos hombres, que no pueden soportar verse lejos de lo que consideran exclusivamente su casa, lo sienten como un ataque a su posición y empiezan a elaborar argumentos, a identificar problemas. Y uno de ellos es el SAP, que nace en EE UU y aquí llega con mucha fuerza. El SAP supuestamente señala a la mujer que manipula a los niños para que no quieran ver al padre. Pero eso es sencillamente imposible; si el padre ha sido un buen padre, quitarle a un niño su sentimiento hacia ese buen padre, hacerle pensar de forma distinta a lo que siente por indicación de la madre es imposible. Científicamente eso no existe.Con lo cual, yo creo que no se pueden tomar decisiones judiciales a partir de algo que científicamente no está demostrado. Pero ya hay sentencias en contra de las madres por el SAP. Y el SAP es perverso. Porque sirve para explicar cualquier cosa con los niños, diciendo que tienen SAP. Y se les obliga a terapias compulsivas, se les trata a la fuerza, porque, si no, incluso le pueden quitar la custodia a la madre. Y se están cometiendo auténticas barbaridades. Hay bastantes sentencias, y están haciendo mucho daño. Hay un caso en Andalucía de una madre, víctima de violencia, en el que él es condenado por maltrato, se fija un régimen de visitas, surge un problema en los puntos de encuentro, y al final la culpa es de la madre, sale el SAP y el juez le quita la custodia y se la da al padre. Es perverso. Que una madre desobedezca al juez y no lleve al niño al punto de encuentro es suficiente para que el niño deje de ver a la madre; en cambio, que un padre maltrate a una madre no es ser un mal padre. Desobedecer al juez es más grave que pegarle a la madre. Ese es el mensaje que se envía a la sociedad.




Usted ha dicho que la custodia compartida es más idílica que idónea.

La custodia compartida implica que los progenitores, padre y madre, se ponen de acuerdo en todo. Tienes que tomar decisiones consensuadas, habladas. Pero si eso es impuesto, ¿a quién va a beneficiar? Estoy a favor siempre que haya consenso, voluntad y condiciones; pero no por razones económicas, que es lo que hay a menudo detrás. Dicen: esto es la igualdad de verdad. Pero, vamos a ver, si uno no ha ejercido la paternidad responsable durante la fase en que han estado conviviendo, no puede reivindicarla en nombre de la igualdad cuando llega la separación. Los hombres han aprendido a mirarse al espejo, pero no a mirarse; necesitan dar un paso más.




Y usted se ha convertido en una bestia negra para machistas y posmachistas...

Les molesta mucho que se den argumentos serios y coherentes. Estaban acostumbrados a usar la descalificación de esto es un asunto de cuatro mujeres, de cuatro feministas. El hecho de que haya hombres, que yo sea hombre, les molesta aún más. Por eso a mí me tienen esa especial animadversión.




Trabajó en el FBI en los años noventa. ¿Qué hacía allí?

Era una especie de beca de investigación. En la parte forense. Allí desarrollé cosas muy interesantes. Y ahí fue cuando entré en contacto con toda la investigación de la Sábana Santa.
En sus libros 42 días El predicador, Lorente Acosta desarrolla una teoría interesante sobre la vida de Jesucristo. Pero al pedirle que la explique, vuelve a salir, ahora más que nunca, el médico forense. La contestación se alarga durante 20 minutos en un encaje de explicaciones casi imposible de interrumpir. Y de reproducir aquí por escrito. Comienza así: "Al estudiar la imagen de la Sábana Santa, el forense ve cosas que no ve un historiador o un químico. Yo detecté signos incompatibles con que esa persona estuviera muerta y compatibles con que estuviera viva, lo que refuerza la hipótesis de que la persona que fue envuelta por la Sábana Santa estaba viva. Era una situación de muerte aparente".
Luego lo que viene a contar es que Jesús salió de ese coma y siguió viviendo en Galilea, con las manos paralizadas, con secuelas evidentes por la crucifixión, sin poder andar, oculto, en secreto, pero organizando e influyendo decisivamente en el movimiento de los primeros cristianos...




¿Qué opina del uso del 'burka' por las mujeres islámicas en los países europeos?, ¿se debe regular?

El burka es contrario a la dignidad de la mujer, pero la forma de hacerlo desaparecer no es prohibiéndolo. Si una persona está vinculada al uso de una prenda que atenta contra su dignidad, tenemos que hacerle ver que eso atenta contra su dignidad ytenemos que modificarlo. Hemos de hacer una reflexión más profunda y evitar que haya un debate superficial.




Efecto llamada, efecto imitación. ¿Cómo lo estamos haciendo los medios de comunicación, cómo estamos informando sobre los casos más graves de maltrato a las mujeres?

La violencia de género ha existido gracias a su invisibilidad. La información es básica para romper con esas pautas y esos siglos de comportamiento. Pero estamos detectando hace años que hay acumulación de casos a partir de uno. Por un efecto de repetición. En violencia de género se ha diagnosticado que la información que se está dando no es del todo la más adecuada, porque se entra mucho en los detalles, lo anecdótico, lo morboso, en aquello que tiende a justificar. Todo eso, además de generar conciencia crítica, llega también a los maltratadores. Tenemos que mejorar y alcanzar un consenso sobre cómo dar esa información, y evitar al máximo ese efecto de paso a la acción.

Diseccionador de la violencia

Miguel Lorente Acosta (así, con los dos apellidos, porque le gusta reivindicar a su madre) nació en octubre de 1962 en Serón (Almería). Su padre era médico rural, así que pasó su infancia y adolescencia en diversas localidades, siguiendo los destinos del padre. Está casado y tiene dos hijos, de 15 y nueve años. En la fotografía, durante un viaje a Egipto en 1984.
En abril de 2008 fue nombrado delegado del Gobierno para la Violencia de Género, adscrito al Ministerio de Igualdad. Venía de la Dirección General de Asistencia Jurídica a Víctimas de Violencia de Andalucía.
Entre sus sesenta publicaciones destacan Mi marido me pega lo normal, El rompecabezas. Anatomía del maltratador Los nuevos hombres nuevos, sobre violencia de género, desigualdad y el patrón patriarcal de la sociedad. Sobre Jesucristo y sus investigaciones de la Sábana Santa tratan 42 días La mano del predicador.