La intervención con hombres que ejercen violencia: un análisis conceptual
Es de suma importancia hacer explícito el uso de las categorías conceptuales con las cuales vamos abordar la problemática de los hombres que ejercen violencia contra sus parejas. El tratar de explicar la violencia masculina por una causalidad interna que se encuentra en algunos individuos (en base a sus “perfiles psicológicos”), es psicopatologizar interacciones psicológicas, que tienen una dimensión y contexto socio cultural que las define y los explica.
Es de suma importancia hacer explícito el uso de las categorías conceptuales con las cuales vamos abordar la problemática de los hombres que ejercen violencia contra sus parejas. El tratar de explicar la violencia masculina por una causalidad interna que se encuentra en algunos individuos (en base a sus “perfiles psicológicos”), es psicopatologizar interacciones psicológicas, que tienen una dimensión y contexto socio cultural que las define y los explica.
Bajo la lógica del modelo médico psicopatológico, la violencia masculina sería una de las manifestaciones de un "trastorno psicológico" interno, explicado como “tendencias antisociales”, “personalidad con disposición violenta” y bajo esta lógica mentalista psicopatológica se plantearán falsos problemas, y por tanto, falsas soluciones.
Las teorías biológicas: patología orgánica, hormonales, problemas neurológicos, tratarían de explicar la violencia ejercida por los varones.
“Por una parte, un sesgo posible surgiría de considerar al maltratador como una “persona enferma” y, más específicamente, como un enfermo mental. Este tipo de sesgo estaba presente en trabajos de revisión ya clásicos (como el de Hotaling y Sugarman, 1986) y se observa aún en trabajos relativamente recientes (como por ejemplo el de Hanson, Cadsky, Harris y LaLonde, 1997), ejemplos ambos en los que se parte de la base de que la enfermedad mental es una característica distintiva y definitoria de los maltratadores.
En este sentido, cabe remarcar que los datos disponibles sugieren que, aunque entre los maltratadores sean frecuentes los rasgos de personalidad acentuados, es mucho menos frecuente la presencia de trastornos psicopatológicos propiamente dichos, que parece situarse por debajo del 10% de los casos (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1998; Medina, 1994; Sarasúa, Zubizarreta, Echeburúa y Corral, 1994; Swanson, Holzer, Ganju y Jono, 1990; Tolman y Bennett, 1990).
En definitiva, los modelos explicativos que buscan la génesis del maltrato de mujeres en características individuales (y, especialmente, psicopatológicas) de la víctima y/o el agresor constituyeron la “primera generación” de modelos explicativos y hoy día se consideran arcaicos (Roberts, Williams,Lawrence y Raphael, 1998) y tienden a ser sustituidos por modelos pluricausales. Sin embargo, un cierto porcentaje de trabajos sobre el tema aún toma como punto de referencia modelos de este tipo lo cual constituiría un sesgo a evitar. Sirva como ejemplo señalar que en un reciente trabajo realizado por nosotras (Ferrer, Bosch, García, Manassero y Gili, 2002) sobre esta cuestión, de un total de 35 trabajos analizados, un 31% habían sido realizados desde este modelo psicopatológico”. (Victoria A. Ferrer Pérez y Esperanza Bosch Fiol,2005) Introduciendo la perspectiva de género en la investigación psicológica sobre violencia de género
Pero si logramos comprender que: la conducta como tal ni es anormal ni es patológica; tampoco es correcta y buena o incorrecta y mala. (Ribes, 1990) y el error de la gnoseología psiquiátrica es que: ... fundamenta su acción partiendo del supuesto de una moral universal intrínseca al comportamiento y por consiguiente, de criterios de valoración validados a priori con base en dicha moral. (Ribes, 1990) y por tanto, la psicoterapia tradicional excluye como premisa el supuesto de que el problema psicológico se constituye sólo como consecuencia de un juicio de valor preconstituído en el criterio de diagnóstico. (Ribes, 1990).
Es decir las interacciones entre las personas per se, desde la psicología son neutras valorativamente hablando, como lo explica Emilio Ribes:
“Lo normal o anormal de un comportamiento es una atribución o un juicio de valor respecto a él. Si se mata en la guerra es normal; si se hace en la calle no portando uniforme es anormal. Si se es rico y vanguardista social, el consumo de drogas es una frivolidad o excentricidad; si se es pobre e indigente, es una enfermedad. Lo mismo puede aplicarse a la diversidad de comportamientos: desnudarse, beber, fumar, las relaciones sexuales, etc. “ (pp. 91)
A lo largo de la historia cultural e ideológica de los países, estas prácticas, interacciones de "abuso", "maltrato", violencia", no han sido valoradas de la misma manera, no siempre han sido un "problema" para determinadas culturas, y al contrario, eran una práctica cotidiana esperada. El problema es aceptar que existe un solo criterio de carácter universal de valoración social y cultural de interacciones entre los individuos.
La conducta como tal ni es anormal ni es patológica; tampoco es correcta y buena o incorrecta y mala. Es susceptible de dicha adjetivación en la medida en que su ocurrencia se da como parte de un sistema de relaciones sociales cuya valoración representa en lo esencial, la expresión ideológico moral de un complejo proceso social de regulaciones de las relaciones de poder. (Ribes, 1990, pp. 116).
“No se puede mantener una visión ingenua de la violencia y sus características, sino que también deben incorporar elementos del contexto que otorgan significado a la misma. Hay que pensar que el medio social influye en el conocimiento y que los significados son construidos y desconstruidos” (Sarquis, 1995)
Es importante hacer explícita la concepción que hay detrás de la explicación de un comportamiento violento, lo que define la violencia no es el acto en sí mismo, sino el contexto social, cultural que define un acto, un hecho como violencia.
Por tanto, debemos de buscar una alternativa de explicación e intervención al modelo médico psicopatológico de la violencia masculina. De una "explicación"-valoración del comportamiento (en cuanto a su morfología) ubicada en el individuo (eventos internos) a una contextualización sociocultural del comportamiento de "abuso" y "violencia", y por tanto también de intervención psicosocial-cultural; donde el objetivo es cambiar interacciones, constituida histórica y socialmente en una lógica de poder, violencia y género
Género, Poder y Violencia: Formas históricamente constituidas de relaciones entre varones y mujeres.
"... su ocurrencia (de una conducta) se da como parte de un sistema de relaciones sociales, cuya valoración representa, en lo esencial, la expresión ideológicamoral de un complejo proceso social de regulación de las relaciones de poder". (Ribes, 1990, pp. 11)
Creemos necesario y urgente abordar el problema de la violencia masculina en el contexto de la violencia basada en género y sus relaciones con el ejercicio del poder, históricamente constituidas. Para poder tener una real dimensión del problema y por tanto de las soluciones; esto pasa primero por no psicopatologizar el problema ni reducirlo a algunos "desadaptados".
El abuso y la violencia masculina son expresiones de una violencia históricamente constituida por relaciones complejas de género y poder.
Una cultura de la violencia construye interacciones de abuso, de poder, maltrato, en sus diversas manifestaciones. Una sociedad patriarcal y vertical unida a una gran desigualdad socioeconómica creará estas relaciones tan cotidianas de abuso, maltrato violencia sexual, violencia contra las mujeres en general. Este modo de entender la cultura de la violencia
... nunca se limitará a considerar al responsable de la violencia a los malos tratos como alguien o algo aislado, sino que, por el contrario, intentará ampliar al máximo el marco de interacción abusador - víctima; se trata de comprender y modificar este fenómeno, considerándolo en toda la complejidad de sus interacciones, contexto e historia. (Sarquis, 1995, pp. 10)
Coincidiendo con Huggins:
(…)... afirmamos que esto no es una expresión individual o colectiva de la violencia social (...), sino la entendemos como una expresión de esta violencia, no es posible comprender más allá de los estrechos marcos de la conducta individual. (pp. 34).
Violencia y masculinidades
Estas diferencias están basadas en la institucionalización de un poder desigual basado en el género.
“De la interacción de las variables poder, género y sistema social resulta la letal realidad de la violencia intrafamiliar". (Sarquis, 1995, pp. 10)
Discriminaciones sociales por su género, es decir, existen expectativas conductuales sobre determinados “roles” sexuales e ideológicos e históricamente construidos que esperamos de una persona de acuerdo a su sexo y los lugares y posiciones que, a partir de este puede o no jugar en la sociedad.
La variable género se refiere a ambos sexos e implica un proceso dinámico de relaciones, más que de particularidades estáticas. Hombre y mujer no son sólo un conjunto de diferencias biológicas que nos definen (sexo); por el contrario, implican, socialmente hablando, todos aquellos rasgos que conforman roles sexuales. (Huggins, 1993, pp. 34)
Como lo explica Norma Fuller:
"En adelante la diferencia de género no será tratada como la manifestación de una esencia que le subyace y se manifiesta de diferentes formas, si no como una manera de crear diferencias que permiten colocar a las personas dentro de determinadas posiciones o relaciones…ya no se hablará de identidades si no de relaciones, situaciones, formas de comprender y significar, juegos de lenguaje"(Vargas, 1992, en Fuller, 1993).
Esta diferencia del ser varón o mujer es entenderla no como la manifestación de alguna esencia (apriori, "natural" que se expresa, que nace de adentro…)
"la persona emerge en el encuentro de discursos (y prácticas) preconstituidas, de relaciones sociales" (Fuller 1997).
Es necesario entender la categoría de género como una categoría relacional, una relación implica el otro (o la otra). El ser varón se define en función "a lo que no se debe ser" (Lo abyecto) una función al "repudio compulsivo del otro", "el repudio permite al sujeto contrastarse contra algo y así definir sus contornos. En este sentido el género se construye a través de las fuerzas de exclusión y abyección" (Fuller 1997), el otro el extremo.
"Para la cultura peruana la feminización y la homosexualidad pasiva son las formas más evidente de lo abyecto. Son los limites donde un varón pierde la condición de tal" (Fuller, 1997).
La violencia ejercida por los hombres son parte de las relaciones de género y poder que se han constituido históricamente; y por tanto de una violencia social más general. Esto nos permite atender que la violencia contra la mujer en todas sus formas no es un hecho aislado que es ejercido por algunos individuos "enfermos" o “desadapatados” al margen de un contexto social y cultural de género y poder. Al contrario, es este contexto el que define y explica la violencia contra la mujer (niña o adulta). La violencia de género contra las mujeres puede ser definida como:
(…) aquellos sucesos humanos, basados en el género, que ocasionan daños o sufrimientos de cualquier índole a una mujer. En otras palabras, estamos ante hechos violentos derivados de una conflictividad social cuyo origen no se halla en diferencias naturales o biológicos ante las personas, sino en elaboraciones culturales sobre el sexo, en virtud de las cuales la sociedad, mediante una multiplicidad de mecanismos institucionales, asigna roles y cualidades distintas a hombres y mujeres, reservándoles a aquellos una posición de superioridad y a estas una condición subordinada. (Siles, 1995, pp. 17)
“ ….podemos definir la violencia de género como todos los actos de agresión física, sexual y emocional, que se desarrolla en un contexto de desequilibrio de poder basado en la manera como se construyen los géneros en nuestra sociedad, a través de los cuales quien detenta el mayor poder busca doblegar la voluntad del otro u otra para mantener el ejercicio de ese poder cuando encuentra resistencias. Dado que por razones sociales y culturales existen relaciones de poder favorables a los varones, la violencia mayormente ha sido dirigida en contra de las mujeres, y también, aunque en menor medida, contra varones considerados más débiles, los cuales se alejan del estereotipo hegemónico del varón heterosexual” (Ramos, 2006)
Desde la violencia cotidiana en las relaciones de pareja, de amigos, de padres a hijos, de relaciones laborales, hasta la "violencia extrema" (como son la violación y la muerte) más evidente a los ojos de la opinión pública. En todas estas "formas" de relaciones sociales está presente el abuso, la discriminación, la violencia de género y poder.
Las relaciones de género actualmente predominantes en el país, vendrían a ser entonces, al mismo tiempo, expresiones del orden social y un medio de considerarlo y reproducirlo, convirtiéndose de ese modo en una instancia de poder.
“Lo mismo que el racismo y la inequidad en el acceso a recursos y riquezas, por mencionar dos ejemplos notorios, la violencia de género dirigida contra la población femenina debe ser puesta en la primera línea de la reflexión sobre los males que aquejan al país y ser considerado una forma de violencia extrema. “(Siles, 1995, pp. 18)
“Las relaciones de dominación y subordinación que tiene como base las desigualdades de género, si bien se expresan en la interacción de individuos concretos, no empiezan ni terminan en ellos, sino que forman parte de una cultura hegemónica, la cual consiste en un sistema de valores, actitudes y creencias que sostienen un orden establecido y los privilegios de quienes detentan el poder, en este caso los hombres”
“…esta posición de subordinación de las mujeres no se inicia en la relación conyugal. Existe un proceso de desempoderamiento de las mujeres desde la experiencia en sus familias de origen (la madre jugaría un papel crucial en la pedagogía de la sumisión y en la frustración de proyectos de superación y autonomía personal) (Castro, 2004)
Cuando la ley habla de mujer honesta vs. mujer deshonesta, del poder marital, de la disminución de la pena cuando la mujer violada es una prostituta, cuando se niega que el marido pueda violar a su esposa pues ella tiene el "debito conyugal", es decir, él tiene derecho a sostener relaciones sexuales con ella cada vez que quiera, cuando un empresario exige para contratar a una mujer que esta se realice una prueba de gravidez o simplemente la despide por estar embarazada, se está ejerciendo violencia sexual, social, de género.
Martín Baró, señala que:
“... para que se realice un acto de violencia o de agresión, debe darse una situación mediata e inmediata, en la que tenga cabida ese acto. Tanto el desencadenamiento como la ejecución de la acción violenta requieren de un contexto propicio. Ahora bien, es necesario distinguir entre dos tipos de contexto: un contexto amplio, social y un contexto inmediato, situacional. (Martín Baró, 1993, pp. 373, véase en Huggins)
Sintetizando, la violencia de género, es parte constitutiva de ese contexto mayor que es lo social, económico y cultural, en el cual se la define, refuerza y legitima.”
Tenemos el reto de mirar la violencia familiar, la violencia basada en género, y a los hombres violentos en particular, como un problema social y de relaciones de poder y no bajo la lógica de un problema de salud mental (de individuos aislados que no pueden controlar sus impulsos)
Es importante hacer explícita la concepción que hay detrás de la explicación de un comportamiento violento, lo que define la violencia no es el acto en sí mismo, sino el contexto social, cultural que define un acto, un hecho como violencia.
Y por tanto dejar de mirar la complejidad de esta problemática bajo un modelo medico clínico psicopatológico, el comportamiento violento como “enfermedad” (como si) y su causa ubicada en “procesos psicológicos internos” individuales, en sus “perfiles de hombres violentos”
“Las investigaciones centradas en la relación hombres y violencia de género son escasas en la bibliografía mundial. De las existentes, la mayoría de ellas apuntan a estudiar «el perfil» de los maltratadores en el ámbito de la pareja, y se focalizan en evaluar las características y los discursos de aquellos definidos por diferentes autores según variadas clasificaciones que aluden especialmente a rasgos psicopatológicos (el sub rayado es nuestro) y factores desencadenantes como el alcohol, drogas, etc. En nuestro país algunos autores describen a los violentos en general o los que sólo lo son en el hogar y a quienes no tienen habilidades interpersonales o los que carecen de control de impulsos (Echeburúa,Corral, 1998), y en los países anglosajones, a los controladores, los inestables o los psicópatas (Saunders, 1992, 1998), los narcisistas paranoides o los fóbico–borderlines (Gondolf, 2002), y pitbull o cobras (Jacobson y Gottman, 1998).”
(Bonino, 2009)
La limitación de estos perfiles y las investigaciones de las que derivan es muy alta y además el no reconocimiento de esta limitación supone un riesgo. La limitación referida está dada porque el foco de atención se centra generalmente en una muestra muy parcial: los hombres que suelen entrevistarse para estudiar son sólo aquellos que ejercen formas de violencia física punible legalmente, y/o que son asistentes a programas de resocialización para maltratadores —la mayoría de los cuales no acuden por iniciativa propia—. Esta es una muestra que representa no más del 5% de los maltratadores de pareja.
El riesgo surge porque habitualmente las conclusiones de las investigaciones con estas muestras se difunden generalizando resultados, transmitiendo social y profesionalmente que sólo hombres con esas características son maltratadores y por tanto invisibilizando a la mayoría de los maltratadores que ejercen formas de violencia física «menor», psicológica, sexual o patrimonial, y que tienen sólo en común el ser hombres «masculinos» (Lorente, 2005). Con ello, estos hombres no son reconocidos, quedan «normalizados» y por tanto legitimados, impunes. (Bonino, 2009)
Y no solo por sus características que se suponen son de los “hombres violentos”, sino que sus causas se siguen planteando como una dimensión solo “psicológica” y no ver el aspecto relacional que se construye de estos individuos con su pareja en un contexto de relaciones de poder.
“No se puede mantener una visión ingenua de la violencia y sus características, sino que también deben incorporar elementos del contexto que otorgan significado a la misma. Hay que pensar que el medio social influye en el conocimiento y que los significados son construidos y desconstruidos” (Sarquis, 1995)
Y el riesgo se consolida cuando estas investigaciones contribuyen a perpetuar los mitos sobre la supuesta perturbación psicológica o socioeconómica de los maltratadores, que se convierten en las excusas y las justificaciones que los mismos maltratadores y sus víctimas repiten: «No se pudo contener», «se guarda todo y luego explota», «estaba bebido» «no sabe comunicarse », «es muy inestable», «no aguanta a su mujer que es una insoportable», etc. (Bonino, 2009)
Y por tanto la “soluciones” bajo parámetros del modelo médico hegemónico, el modelo clínico psicopatológico (atención, diagnostico, pronostico y tratamiento) o posiciones “más avanzadas” la lógica siempre de la salud de la “prevención primaria, secundaria y terciaria”, y por tanto sus “soluciones” a través de los centros asistenciales, de emergencia, las campañas de salud y la responsabilidad por supuesto a nivel macro del ministerio de salud y de sus políticas de salud mental y a nivel micro en manos de los “especialistas del comportamiento humano” o “responsables de la salud mental” como los psicólogos, terapeutas, psicoanalistas o psiquiatras y el énfasis de la intervención bajo esta lógica sería el de los “hombres violentos” y el resto de hombres se difuminan bajo el manto de la naturalización de la violencia.
“Dada la focalización de las investigaciones (que responden a una lógica antes descrita, anotación nuestra), —y consecuencia de ello, las intervenciones pensadas para modificaciones de hombres con esos perfiles—, quedan fuera del objetivo de análisis de la relación hombres/violencia de género, la casi totalidad de la población masculina. Se excluye no sólo a los que ejercen formas no delictivas de violencia en la pareja, sino también a los que no la ejercen pero la consienten o la minimizan, a los que la ejercen o consienten en otros ámbitos, a los machistas que naturalizan las desigualdades de género, los que practican activamente las formas de vida respetuosa y sin violencia de género, y a aquellos que se movilizan pública y/o profesionalmente para erradicarla.” (Bonino, 2009)
“Es fundamental comprender la naturaleza de la intervención con hombres (El sub rayado es nuestro). Esto es, en algunas instituciones se brinda terapia individual a los hombres e incluso terapia en grupo, pero la naturaleza de los grupos de reflexión es diferente (Y en general la lógica de la intervención, anotación nuestra). Si bien, al intervenir en grupo reflexivo se abordan aspectos emocionales y de experiencia de vida, y por ello el proceso es muy similar al psicoterapéutico con consecuencias favorables para la salud mental de los hombres, es diferente por los aspectos cognitivos y sociales que aborda. De fondo es importante que los psicólogos/as miren al espacio de intervención no sólo como un lugar donde favorecen la salud mental del hombre, sino también como un espacio en el cual los actos de violencia son relacionados con una problemática social: la violencia de género, y por ello su intervención adquiere connotaciones políticas en el sentido de relaciones entre personas o grupos en los espacios públicos”
Es importante que también se reconozca este aspecto de la intervención(en la lógica de la intervención en general, anotación nuestra) en grupos de reflexión, pues de esa forma los hombres pueden darse cuenta que el problema de violencia contra su pareja no sólo es un problema individual donde ellos manifiestan de forma poco adecuada sus sentimientos de malestar; también es importante que observen que la violencia contra las mujeres es un problema social, que ellos aprendieron a relacionarse de esa forma con las mujeres, y lo hacen porque de ese modo sostienen un sistema social que brinda privilegios principalmente al género masculino. (Garda, 2009)
Por tanto nuestro reto es comenzar a ver esta problemática más allá de los parámetros médicos, y pensarlo en su real complejidad social, educativa, cultural y de poder y por tanto de derechos humanos, de construcción de ciudadanía, de acceso a la justicia que permita elaborar estrategias a nivel social, político, económico, medidas o políticas de orden transversales a todos los ministerios, no solo bajo la responsabilidad del ministerio de salud, sino también el de justicia, de la mujer, de educación, ministerio de trabajo, de la producción con políticas sociales integrales y transversales a todos ellos.
Modelo psicoeducativo con perspectiva de género, masculinidades, derechos humanos y ecológico
“El problema de los hombres que ejercen violencia HEV, es un problema que supera lo psicológico para enmarcarse en la esfera más amplia de lo social. Por ello, las intervenciones psicoeducativas no deben ofrecerse como solución a la violencia sino como un componente más de un abordaje que ha de ser multidisciplinario y que debe implicar una respuesta más de que ha de ser multidisciplinario y que debe implicar una respuesta comunitaria. En este sentido, no debemos perder de vista soluciones que caigan fuera del campo de la psicoterapia, como la condena por los delitos cometidos o la educación en valores no sexistas (Lopo y Torrado, 2004)” [1]. (Marco conceptual y modelo de atención de los servicios especializados para hombres que ejercen violencia, Consultoría y Evaluación del CAI, 2009)
(…) si bien existe un reforzamiento social y cultural de la violencia, ésta se internaliza en los hombres, y ya no solo resulta culturalmente natural, sino que cotidianamente, a lo largo de todas sus historias personales, en las formas de relacionarse, en sus patrones de conducta, la violencia aparece como natural y de esa manera se hace invisible y difícil para muchos hombres identificar su violencia. El problema era más complejo que parar la violencia como un acto de voluntad, sino que la cultura se impregna en la gente, en su vida cotidiana. La violencia desatada por los hombres tiene que ver con la dificultad de identificar y expresar una diversa gama de emociones, con heridas psico emocionales producidas desde la infancia y aún abiertas, en fin con sus historias personales.
En el caso particular del CAI, la responsabilidad de la intervención a nivel individual y grupal no tendrá que ser implementada y evaluada en términos de parámetros, o de una lógica “terapéutica”, “psicoterapéutica” o de “salud mental” del individuo; sino fundamentalmente en términos de relaciones de poder, de abuso de poder(ejercicio de “autoridad”, “control” y “dominio”) aprendidos que se convierten en un riesgo para las afectadas y que responde a un modelo de masculinidad y feminidad hegemónica.
(…) la intervención reeducativa con HEV no tiene un perfil ni exclusiva ni predominantemente psicológico. Tampoco se trata de un ejercicio académico de capacitación teórico–práctica. Esto complica la denominación de las reuniones grupales mediante las que, en trabajo colectivo, hombres que han ejercido violencia en algún momento de su vida, se vinculan en un espacio de encuentro con la finalidad de respaldarse en la búsqueda de una dimensión de sí mismos más humana, equitativa y respetuosa. ( Vargas, Mauro, 2009)
Es decir nuestra intervención no puede ser pensada en la “lógica de las terapias” individual, de pareja, familiar o grupales y por lo tanto delegar la responsabilidad a los supuestos “especialistas” (psicólogos, terapeutas, psicoanalistas o psiquiatras)
“Se recomienda entonces que el espacio de reeducación sea colectivo o grupal, es decir, social, ya que dicha característica permite a los participantes –al interior de un espacio de confianza entre pares- compartir e identificar experiencias similares a las que ellos han vivenciado personalmente y que, en la perspectiva individual, no habían identificado como violentas o permeadas por códigos y/o discursos discriminatorios contra las mujeres. Así, esta modalidad de trabajo, la grupal, quiere ser congruente con una dimensión social desde la cual la perspectiva de género busca impulsar el cuestionamiento y la transformación de las formas culturales de dominación y control machistas
“De igual forma sucede con la figura responsable de conducir dicho espacio: no se trata de un psicólogo, de un maestro o de un terapeuta; más bien hablamos de un facilitador, pues su labor principal es clarificar y acompañar (es decir facilitar) el proceso de autodescubrimiento y cambio de otros, en este caso de los participantes o usuarios”. (Vargas, Mauro, 2009)
Como muy bien lo afirma Mauro Vargas, citando a Luis Bonino
“Inclusive las modalidades de trabajo individual o de pareja que también abordan la problemática de la violencia contra las mujeres a partir de diferentes enfoques psicoterapéuticos, es indispensable señalar que sus encuadres, objetivos y estrategias no han sido diseñados específicamente para impulsar un análisis del ejercicio de violencia desde una perspectiva de género. De hecho, el uso de la terapia de pareja puede incrementar la violencia hacia las mujeres cuando ellas reportan que el agresor continúa usando violencia en la cotidianidad”
También se recomienda que
(…) a aquellos HEV que reconocen su ejercicio violento dentro de un espacio terapéutico de pareja, se les sugiere que suspendan dicha terapia hasta que hayan egresado de un espacio de reeducación especializado para erradicar la violencia. Especialmente en aquellos casos que presenten antecedentes de violencia familiar.
Asimismo, es importante señalar que la conformación de un equipo integrado exclusivamente por este tipo de profesionales (psicólogos), puede favorecer el desarrollo de situaciones no deseadas entre los usuarios de un programa de erradicación de violencia contra las mujeres. Por ejemplo, se puede impulsar un énfasis en el análisis colectivo de casos que favorezcan la patologización del comportamiento violento, dejando de lado las dimensiones socio-estructurales; o bien, podría darse el ejercicio de una autoridad desde la facilitación que violente el grupo de trabajo al buscar la imposición de una visión academicista. Por tanto, se sugiere que, idealmente, todos/as los/las facilitadores/as y/o supervisores/as pasen por un proceso de formación y capacitación y/o hayan egresado del propio modelo en el que colaboren. (Vargas, Mauro, 2009)
Es fundamental mirar de una manera transversal todo el proceso de intervención bajo una perspectiva de género, ecológica (cultural, educativa, social) y de derechos humanos.
Hacia la promoción de masculinidades no hegemónicas y violentas
Ello supone evaluar y proponer una nueva lógica de trabajo en el CAI, de entender la complejidad de la violencia basada en género y en particular la de los hombres que ejercen violencia.
“En ese sentido, el campo de acción específico con los hombres debe ser mucho más amplio. No sólo tener en cuenta a los agresores delincuentes, sino especialmente a aquellos que no lo son Es necesario dirigirse a todo el colectivo masculino, en tanto todos los hombres, de una u otra manera, por acción, omisión, complicidad, o indiferencia, son parte del problema de la existencia de la violencia de género, y por tanto, tienen que ser parte de la solución. La misma socialización masculina tradicional legitima la posibilidad del ejercicio de la violencia hacia las mujeres para todos los hombres, y si bien no son tantos los hombres que ejercen violencias «graves» —las socialmente deslegitimadas como la física, la sexual y el acoso—, la mayoría de ellos ejercen formas aun naturalizadas de violencia, abuso y sexismo que en forma de microviolencias circulan como costumbres de la cotidianeidad” (Bonino, 2009) (el sub rayado es nuestro).
Desde un enfoque preventivo integral, todos estos hombres deberían ser sujetos de sensibilización y prevención contra la violencia de género, con diferentes estrategias en función de sus diversos posicionamientos en los diversos campos de la no violencia/violencia de género. Un ejemplo de intervenciones posibles con hombres en relación a la violencia en la pareja está reflejado en el gráfico.
De las “Terapias” con Hombres que Ejercen Violencia a la Facilitación de procesos Grupales, Sociales de construcciones de masculinidades no hegemónicas y no violentas
“(…) De esta forma, el proceso terapéutico (el sub rayado es nuestro) es cambiado por el proceso de facilitación. Quien facilita brinda información que él o ella consideran significativa para los hombres que asisten al grupo, y que a su vez éstos hacen “o no” significativa para su propio proceso de cambio. Al hacer esto, el asistente influye en el propio proceso reflexivo de las y los psicólogos/as, y les permite mirar distinto y/o reflexionar sus propias experiencias de violencia. Así la reflexión se da por todos los miembros del grupo, es un proceso donde no hay ni maestros ni estudiantes (ni especialistas, anotación nuestra), todos aprenden bajo las pautas que marca el propio modelo de atención, y bajo la facilitación de las y los psicólogos/as(o responsables de la facilitación, anotación nuestra) que atienden. Consideramos que este es el principal reto para las y los psicólogos/ as: ser facilitadores de procesos en grupos de reflexión, y no terapeutas” (Garda, 2009)
“(…) En el caso de los grupos de reflexión es diferente, quien atiende también debiera de reconocer su posición de género: es hombre el psicólogo, y es mujer la psicóloga, y ambos están inscritos en las dinámicas de relaciones de género de la sociedad, y por tanto en la de relaciones de poder. Así, el y la psicóloga/o no están fuera de las relaciones de género, se asumen dentro, y el espacio de grupos de reflexión también es una oportunidad para que ellos y ellas puedan narrar y reflexionar sobre sus propias experiencias en torno a la violencia de género y compartir sus procesos personales” (Garda, 2009)
De las intervenciones terapéuticas a la facilitación de procesos
Esto implica también, replantear de quienes serian las o los “especialistas” y el perfil de estos, si planteamos que la lógica es la de una perspectiva de género, masculinidades, ecológica y derechos humanos. Ello supone que los profesionales o no profesionales puedan asumir el reto de la intervención grupal pueden ser de las ciencias sociales, de la educación, de la psicología o ex usuarios que fundamentalmente hayan trabajado su propia violencia en espacios de reflexión con perspectiva de género y masculinidades y que tengan una formación en género, derechos humanos. No es casual que tres de los principales actores en el trabajo con varones, no sean psicólogos o de alguna especialidad en salud mental, Roberto Garda es Economista, Miguel Ramos es Sociólogo y Orlando es técnico en el diseño de planos.
El reto para la intervención es convertirnos en facilitadores de procesos:
a.- De grupos de reflexión con hombres que ejercen violencia y no en terapeutas.
b.- De sistemas sociales más amplios, a nivel comunitario, educativo, cultural y político.
Respecto al perfil de los facilitadores
(…) se recomienda que los criterios que definan el perfil de las y los facilitadores, se complementen con un inciso que promueva su participación vivencial y su formación teórico-metodológica en un modelo reeducativo especializado en la disminución y erradicación de la violencia masculina desde la perspectiva de género. Si bien es cierto que los objetivos reeducativos de este tipo de intervenciones requieren de la aplicación de algunas habilidades, herramientas y técnicas terapéuticas; también es verdad que la formación en estas áreas del conocimiento no es la única referencia teórico-profesional que debería utilizarse. (Vargas, Mauro)
“Por otro lado, es elemental que los psicólogos se coloquen también como hombres que han reproducido la violencia contra las mujeres, y que han aprendido en la socialización masculina las pautas de abuso de poder al igual que los hombres que atienden. Esto también es muy ilustrativo para los asistentes a los grupos, porque se dan cuenta de que nadie está exento de esos aprendizajes y de ejercer violencia, pero que la diferencia la marca el hecho de reflexionar y buscar ayuda para detener esas prácticas y construir otras más equitativas.”(Garda, 2009)
Todo ello bajo una perspectiva de género, esta deber ser
(…) el eje transversal (la perspectiva de género) de cualquier intervención con hombres que ejercen violencia contra las mujeres. Desde dicha perspectiva deben analizarse, cognitiva y emocionalmente, los siguientes aspectos:
· El ejercicio discriminatorio de ejercer violencia contra una mujer por el simple hecho de serlo.
· Las relaciones de poder y autoridad que, mediante el uso de la violencia, intentan imponer su control y dominio sobre la mujer.
· Los pensamientos, códigos culturales, actitudes, acciones y omisiones que concretan cotidianamente el ejercicio violento.
· Las herramientas reeducativas necesarias para detener y erradicar el ejercicio de la violencia masculina.
Una intervención adecuada requiere que los usuarios puedan reflexionar desde la perspectiva de género (pero también desde formas claras y vivenciales cercanas a su cotidianidad), sobre la naturaleza de la violencia masculina, sus efectos (en la pareja, la familia y el mismo hombre), su intencionalidad de control y dominio, las creencias derivadas de la socialización masculina, el contexto discriminador de las mujeres y las justificaciones de los hombres para ejercerla. (Vargas, Mauro, 2009)
Y los responsables de la intervención individual pueden estar bajo la responsabilidad de un psicólogo, pero con los parámetros antes descritos (que hayan trabajado su propia historia de violencia en grupos de reflexión, formados en una perspectiva de género y derechos humanos)
“Esta última es la diferencia fundamental con la terapia, en ella, quien atiende es asexuado, es “neutral” y es “el o la psicóloga/o”. Esto es, mantiene una relación de poder sobre el “paciente” porque posee el “supuesto saber”, y en ello se fundamenta la confianza del segundo/a, pues considera que el saber del psicólogo/a le ayudará a resolver sus problemas. Este modelo, como sabemos, viene del esquema del modelo médico hegemónico. En el caso de los grupos de reflexión es diferente, quien atiende también debiera de reconocer su posición de género: es hombre el psicólogo, y es mujer la psicóloga, y ambos están inscritos en las dinámicas de relaciones de género de la sociedad, y por tanto en la de relaciones de poder. Así, el y la psicóloga/o no están fuera de las relaciones de género, se asumen dentro… “(Garda, 2009)
Para la intervención individual, el reto es mirar la dinámica y dimensión individual en términos no de “procesos mentales internos”, sino en términos relacionales, de vínculos, de interacciones que se dan en un contexto que da sentido a la dimensión individual. Es recuperar el lenguaje cotidiano como lógica de construir o deconstruir narrativa (nuevos sentidos) de una masculinidad o masculinidades basadas en la equidad, la igualdad y la no violencia.
“Una de nuestras contribuciones principales (…) debería ser la creación de lenguajes o inteligibilidades útiles: metáforas, narrativas y lógicas para la liberación y enriquecimiento de las relaciones.” (Gergen, K)
Esta dimensión individual no solo es el del lenguaje cotidiano, sino de cuerpos y su estructura funcional bajo relaciones de género.
Tampoco la intervención individual (y no terapia individual) es el de la “neutralidad terapéutica” sino incluir la distinción conceptual de poder, y evaluar los procesos de cambios individuales en estos parámetros de bienestar emocional en igualdad y respeto de derechos.
“En suma, se debe reconocer que el trabajo individual, siempre que se dé combinado con un proceso grupal de reeducación contra la violencia sustentado en el enfoque de género, puede tener mejores y más rápidos resultados en la disminución y la gradual erradicación de la violencia contra las mujeres; sin embargo, esto no debe interpretarse, en ningún sentido, como que la terapia individual es una alternativa que sustituye al trabajo grupal.” (Vargas, Mauro)
Respecto a la función del psicólogo, que se reduce a la de evaluador, se aplica lo antes descrito y su reto es una evaluación integral bajo una perspectiva de género y masculinidades que busque sobre todo la protección a la víctima.
El /la trabajador(a) social se aplica lo antes descrito, su reto es dar un seguimiento al proceso de cambio de los participantes y contribuir a construir una red de respuesta coordinada frente la violencia.
“La preocupación principal es de implementar servicios a hombres que no pongan en riesgo a las mujeres, y buscar que las intervenciones tengan perspectiva de género con lineamientos mínimos que permitan la evaluación de sus resultados.” (Garda, 2009).
Partimos de una propuesta que Roberto Garda (2009) llama modelo integral, a una propuesta que ve la dimensión ecológica de la violencia, no como un hecho aislado de un hombre que se “descontroló” por un “hecho pasional”, sino que este hecho tiene una dimensión ecológica donde “…en realidad la tarea que nos depara debiera de incluir el detener la violencia contra las mujeres en los espacios públicos: la escuela, la iglesia, los espacios de trabajo, la calle, etc.
Las estrategias o técnicas de intervención no son neutras valorativamente hablando, sino responden a un marco ideológico, ontológico y epistémico, por ello deben considerar la perspectiva de género como contexto.
Así, se recomienda no utilizar como herramientas fundamentales de un programa reeducativo para HEV, las intervenciones que sólo se apoyen en el individualismo, en el psicoanálisis, en terapias conductuales, o en terapias de pareja y/o familiares, menos aún si estas estrategias se ofrecen sin el enfoque de género. Tampoco es recomendable el uso de técnicas de mediación de conflictos ni de negociación entre la víctima y el agresor; finalmente, debe garantizarse que los objetivos generales y específicos de los programas estén libres de visiones axiomáticas en las que prevalezca, a toda costa, la unidad familiar o la preeminencia del vínculo matrimonial. Es claro que históricamente este tipo de ideas, traducidas en ejercicios cotidianos de control y dominio, constituyen la base del entramado estructural que sostiene la cultura patriarcal en la que vivimos.
Dada la especificidad de la violencia contra las mujeres, no todos los abordajes de transformación del comportamiento son adecuados para disminuir y erradicar tales actos violentos.
[1] Consultoría del CAI 2009, Deza. En Campos, A. (2005) La Psicoterapia con hombres que presentan problemas de poder y control. Instituto WEM Costa Rica.