De las “Terapias” con Hombres que Ejercen Violencia a la Facilitación de procesos Grupales, Sociales de construcciones de masculinidades no hegemónicas y no violentas
“(…) De esta forma, el proceso terapéutico (el sub rayado es nuestro) es cambiado por el proceso de facilitación. Quien facilita brinda información que él o ella consideran significativa para los hombres que asisten al grupo, y que a su vez éstos hacen “o no” significativa para su propio proceso de cambio. Al hacer esto, el asistente influye en el propio proceso reflexivo de las y los psicólogos/as, y les permite mirar distinto y/o reflexionar sus propias experiencias de violencia. Así la reflexión se da por todos los miembros del grupo, es un proceso donde no hay ni maestros ni estudiantes (ni especialistas, anotación nuestra), todos aprenden bajo las pautas que marca el propio modelo de atención, y bajo la facilitación de las y los psicólogos/as(o responsables de la facilitación, anotación nuestra) que atienden. Consideramos que este es el principal reto para las y los psicólogos/ as: ser facilitadores de procesos en grupos de reflexión, y no terapeutas” (Garda, 2009)
“(…) En el caso de los grupos de reflexión es diferente, quien atiende también debiera de reconocer su posición de género: es hombre el psicólogo, y es mujer la psicóloga, y ambos están inscritos en las dinámicas de relaciones de género de la sociedad, y por tanto en la de relaciones de poder. Así, el y la psicóloga/o no están fuera de las relaciones de género, se asumen dentro, y el espacio de grupos de reflexión también es una oportunidad para que ellos y ellas puedan narrar y reflexionar sobre sus propias experiencias en torno a la violencia de género y compartir sus procesos personales” (Garda, 2009)
De las intervenciones terapéuticas a la facilitación de procesos
“(…) De esta forma, el proceso terapéutico (el sub rayado es nuestro) es cambiado por el proceso de facilitación. Quien facilita brinda información que él o ella consideran significativa para los hombres que asisten al grupo, y que a su vez éstos hacen “o no” significativa para su propio proceso de cambio. Al hacer esto, el asistente influye en el propio proceso reflexivo de las y los psicólogos/as, y les permite mirar distinto y/o reflexionar sus propias experiencias de violencia. Así la reflexión se da por todos los miembros del grupo, es un proceso donde no hay ni maestros ni estudiantes (ni especialistas, anotación nuestra), todos aprenden bajo las pautas que marca el propio modelo de atención, y bajo la facilitación de las y los psicólogos/as(o responsables de la facilitación, anotación nuestra) que atienden. Consideramos que este es el principal reto para las y los psicólogos/ as: ser facilitadores de procesos en grupos de reflexión, y no terapeutas” (Garda, 2009)
“(…) En el caso de los grupos de reflexión es diferente, quien atiende también debiera de reconocer su posición de género: es hombre el psicólogo, y es mujer la psicóloga, y ambos están inscritos en las dinámicas de relaciones de género de la sociedad, y por tanto en la de relaciones de poder. Así, el y la psicóloga/o no están fuera de las relaciones de género, se asumen dentro, y el espacio de grupos de reflexión también es una oportunidad para que ellos y ellas puedan narrar y reflexionar sobre sus propias experiencias en torno a la violencia de género y compartir sus procesos personales” (Garda, 2009)
De las intervenciones terapéuticas a la facilitación de procesos
Esto implica también, replantear de quienes serian las o los “especialistas” y el perfil de estos, si planteamos que la lógica es la de una perspectiva de género, masculinidades, ecológica y derechos humanos. Ello supone que los profesionales o no profesionales puedan asumir el reto de la intervención grupal pueden ser de las ciencias sociales, de la educación, de la psicología o ex usuarios que fundamentalmente hayan trabajado su propia violencia en espacios de reflexión con perspectiva de género y masculinidades y que tengan una formación en género, derechos humanos. No es casual que tres de los principales actores en el trabajo con varones, no sean psicólogos o de alguna especialidad en salud mental, Roberto Garda es Economista, Miguel Ramos es Sociólogo y Orlando Prado es técnico en el diseño de planos.
El reto para la intervención es convertirnos en facilitadores de procesos:
a.- De grupos de reflexión con hombres que ejercen violencia y no en terapeutas.
b.- De sistemas sociales más amplios, a nivel comunitario, educativo, cultural y político.
Respecto al perfil de los facilitadores
(…) se recomienda que los criterios que definan el perfil de las y los facilitadores, se complementen con un inciso que promueva su participación vivencial y su formación teórico-metodológica en un modelo reeducativo especializado en la disminución y erradicación de la violencia masculina desde la perspectiva de género. Si bien es cierto que los objetivos reeducativos de este tipo de intervenciones requieren de la aplicación de algunas habilidades, herramientas y técnicas terapéuticas; también es verdad que la formación en estas áreas del conocimiento no es la única referencia teórico-profesional que debería utilizarse. (Vargas, Mauro)
“Por otro lado, es elemental que los psicólogos se coloquen también como hombres que han reproducido la violencia contra las mujeres, y que han aprendido en la socialización masculina las pautas de abuso de poder al igual que los hombres que atienden. Esto también es muy ilustrativo para los asistentes a los grupos, porque se dan cuenta de que nadie está exento de esos aprendizajes y de ejercer violencia, pero que la diferencia la marca el hecho de reflexionar y buscar ayuda para detener esas prácticas y construir otras más equitativas.”(Garda, 2009)
Todo ello bajo una perspectiva de género, esta deber ser
(…) el eje transversal (la perspectiva de género) de cualquier intervención con hombres que ejercen violencia contra las mujeres. Desde dicha perspectiva deben analizarse, cognitiva y emocionalmente, los siguientes aspectos:
· El ejercicio discriminatorio de ejercer violencia contra una mujer por el simple hecho de serlo.
· Las relaciones de poder y autoridad que, mediante el uso de la violencia, intentan imponer su control y dominio sobre la mujer.
· Los pensamientos, códigos culturales, actitudes, acciones y omisiones que concretan cotidianamente el ejercicio violento.
· Las herramientas reeducativas necesarias para detener y erradicar el ejercicio de la violencia masculina.
Una intervención adecuada requiere que los usuarios puedan reflexionar desde la perspectiva de género (pero también desde formas claras y vivenciales cercanas a su cotidianidad), sobre la naturaleza de la violencia masculina, sus efectos (en la pareja, la familia y el mismo hombre), su intencionalidad de control y dominio, las creencias derivadas de la socialización masculina, el contexto discriminador de las mujeres y las justificaciones de los hombres para ejercerla. (Vargas, Mauro, 2009)
Y los responsables de la intervención individual pueden estar bajo la responsabilidad de un psicólogo, pero con los parámetros antes descritos (que hayan trabajado su propia historia de violencia en grupos de reflexión, formados en una perspectiva de género y derechos humanos)
“Esta última es la diferencia fundamental con la terapia, en ella, quien atiende es asexuado, es “neutral” y es “el o la psicóloga/o”. Esto es, mantiene una relación de poder sobre el “paciente” porque posee el “supuesto saber”, y en ello se fundamenta la confianza del segundo/a, pues considera que el saber del psicólogo/a le ayudará a resolver sus problemas. Este modelo, como sabemos, viene del esquema del modelo médico hegemónico. En el caso de los grupos de reflexión es diferente, quien atiende también debiera de reconocer su posición de género: es hombre el psicólogo, y es mujer la psicóloga, y ambos están inscritos en las dinámicas de relaciones de género de la sociedad, y por tanto en la de relaciones de poder. Así, el y la psicóloga/o no están fuera de las relaciones de género, se asumen dentro… “(Garda, 2009)
Para la intervención individual, el reto es mirar la dinámica y dimensión individual en términos no de “procesos mentales internos”, sino en términos relacionales, de vínculos, de interacciones que se dan en un contexto que da sentido a la dimensión individual. Es recuperar el lenguaje cotidiano como lógica de construir o deconstruir narrativa (nuevos sentidos) de una masculinidad o masculinidades basadas en la equidad, la igualdad y la no violencia.
“Una de nuestras contribuciones principales (…) debería ser la creación de lenguajes o inteligibilidades útiles: metáforas, narrativas y lógicas para la liberación y enriquecimiento de las relaciones.” (Gergen, K)
Esta dimensión individual no solo es el del lenguaje cotidiano, sino de cuerpos y su estructura funcional bajo relaciones de género.
Tampoco la intervención individual (y no terapia individual) es el de la “neutralidad terapéutica” sino incluir la distinción conceptual de poder, y evaluar los procesos de cambios individuales en estos parámetros de bienestar emocional en igualdad y respeto de derechos.
“En suma, se debe reconocer que el trabajo individual, siempre que se dé combinado con un proceso grupal de reeducación contra la violencia sustentado en el enfoque de género, puede tener mejores y más rápidos resultados en la disminución y la gradual erradicación de la violencia contra las mujeres; sin embargo, esto no debe interpretarse, en ningún sentido, como que la terapia individual es una alternativa que sustituye al trabajo grupal.” (Vargas, Mauro)
Respecto a la función del psicólogo, que se reduce a la de evaluador, se aplica lo antes descrito y su reto es una evaluación integral bajo una perspectiva de género y masculinidades que busque sobre todo la protección a la víctima.
El /la trabajador(a) social se aplica lo antes descrito, su reto es dar un seguimiento al proceso de cambio de los participantes y contribuir a construir una red de respuesta coordinada frente la violencia.
“La preocupación principal es de implementar servicios a hombres que no pongan en riesgo a las mujeres, y buscar que las intervenciones tengan perspectiva de género con lineamientos mínimos que permitan la evaluación de sus resultados.” (Garda, 2009).
Partimos de una propuesta que Roberto Garda (2009) llama modelo integral, a una propuesta que ve la dimensión ecológica de la violencia, no como un hecho aislado de un hombre que se “descontroló” por un “hecho pasional”, sino que este hecho tiene una dimensión ecológica donde “…en realidad la tarea que nos depara debiera de incluir el detener la violencia contra las mujeres en los espacios públicos: la escuela, la iglesia, los espacios de trabajo, la calle, etc.
Las estrategias o técnicas de intervención no son neutras valorativamente hablando, sino responden a un marco ideológico, ontológico y epistémico, por ello deben considerar la perspectiva de género como contexto.
Así, se recomienda no utilizar como herramientas fundamentales de un programa reeducativo para HEV, las intervenciones que sólo se apoyen en el individualismo, en el psicoanálisis, en terapias conductuales, o en terapias de pareja y/o familiares, menos aún si estas estrategias se ofrecen sin el enfoque de género. Tampoco es recomendable el uso de técnicas de mediación de conflictos ni de negociación entre la víctima y el agresor; finalmente, debe garantizarse que los objetivos generales y específicos de los programas estén libres de visiones axiomáticas en las que prevalezca, a toda costa, la unidad familiar o la preeminencia del vínculo matrimonial. Es claro que históricamente este tipo de ideas, traducidas en ejercicios cotidianos de control y dominio, constituyen la base del entramado estructural que sostiene la cultura patriarcal en la que vivimos.
Dada la especificidad de la violencia contra las mujeres, no todos los abordajes de transformación del comportamiento son adecuados para disminuir y erradicar tales actos violentos.
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